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17 de mayo, fiesta clave en la iglesia

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Lindero, garita e inauguración de nuestro tiempo

Por Oscar Maldonado Villalpando

Ascensión del Señor a los Cielos.

La Ascensión es nudo y separación, continuidad y pausa a la vez. Con el libro de Los Hechos de los apóstoles comienzan las cosas para nosotros. La obra del Evangelista San Lucas nos ubica perfectamente. Su primer libro, su Evangelio, habla de Jesús y su obra, el segundo libro, que es el de los Hechos de los Apóstoles, trata de la  Iglesia que se inaugura en el mundo. Dos cosas que se necesitan mutuamente: La Iglesia se funda en Jesús y a la vez continúa su obra.

Este párrafo del Evangelio nos muestra como la Ascensión del Señor es un gozne o quicio que señala al mismo tiempo algo que articula, que une, pero que también dimensiona, separa e indica una etapa distinta.

Cuando alguien se va, nos deja un “no se qué” de tristeza entreverada por el alma. Es tan fuerte esta separación, sobre todo, por lo hermoso de los días vividos a la vera de Jesús.

Es también victoria y triunfo. Igual cuando alguien se va, que fallece en la familia, hay la firme percepción que ya se llegó a la meta, que ya se cumplió con la vida. Que ahí se está consumando una página, que se cierra un libro, culmina una vida. ¡Algo grandioso!

Pero ante todo es comienzo de una responsabilidad propia. Cristo ha cumplido, su obra, en lo personal se ha consumado, ahora corresponde a nosotros, sus discípulos, llevar a buen término la salvación incoada en la cruz y definitivamente hincada en la resurrección, iniciada en la cruz que culmina en la Resurrección.

No es una hora de ocio el entretiempo entre las dos venidas de Cristo. ¿Qué están haciendo ahí mirando al cielo? Ese que se ha ido volverá a levantar el fruto y la cosecha de todos los tiempos. 
“Entre voces de júbilo Dios asciende a su trono, aleluya”.  

Aplaudan pueblos todos:
aclamen al Señor de gozo llenos;
que el Señor, El Altísimo, es terrible   
y de toda la tierra, Rey supremo.

Entre voces de júbilo y trompetas,
Dios, el Señor, asciende hasta su trono.
Cantemos en honor de nuestro Dios,
al Rey honremos y cantemos todos.

Porque Dios es el rey del universo,
cantemos el mejor de nuestros cantos.
Reina dios sobre todas las naciones
desde su trono santo.

Este tiempo nuestro que arranca en la Ascensión del Señor, es el tiempo propicio para manifestar en nuestras obras la fuerza de la obra de Dios.

Así lo expreso el gran poeta Fray Luis de León.

En la ascensión

¡Y dejas, Pastor Santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto,
y Tú rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro!

Los antes bienhadados,
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de Ti desposeídos,
¿a dónde convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no le sea enojos?
Quién oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

Aqueste mar turbado
¿Quién le pondrá freno? ¿Quién concierto
al viento fiero airado?
Estando tu encubierto,
¿qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay!, nube envidiosa,
aun de este breve gozo,
¿qué te quejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

Porque dice el Evangelio que una nube lo ocultó a sus ojos.
A su vez, Lope de Vega así habla a Jesús como el Buen Pastor, como Maestro, ahora que se celebra a los maestros. Un hermoso soneto.

El buen pastor

Pastor, que con tus silbos amorosos,
me despertaste del profundo sueño:
Tú, que hiciste cayado de ese leño
en que tiendes los brazos poderosos,  

vuelve tus ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño
y la palabra de seguir te empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye Pastor, que por amores mueres:
no te espante el rigor de mis pecados
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados…
pero, ¿cómo te digo que me esperes,
si estás para esperar, los pies clavados?


Sentimientos que se renuevan en esta fecha tan significativa.

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