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Altares calcinados

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Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

Una mañana, acompañando a su madre, se introdujo un niño en el templo. Aquello era pura desolación: altares calcinados, imágenes mutiladas, sagrario desportillado, paredes renegridas, montones de escombros por doquier. Algo, sin embargo, se había salvado: una vidriera. 

Algo, sin embargo, se había salvado: Una vidriera. Una vidriera que, herida por el sol, abría el abanico mágico de sus mil colores. El niño preguntó: - Mamá, y aquel hombre que está arriba vestido de colores, ¿Quién es? - Un santo.- Respondió la madre. 

Pasaron los años. En una tertulia de amigos, no sé dónde, no sé quién, lanzó esta pregunta: - ¿Qué es un santo? El niño de otros tiempos, hombre ya maduro, revolviendo en el arcón de sus recuerdos, definió: - Un santo es el hombre que está muy alto y que deja pasar la luz. 

Bellísima definición del cristiano. ¨Brille vuestra luz ante los hombres, de tal manera que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre del Cielo¨. El hombre de hoy cree más a los testigos que a los maestros, a no ser que los testigos sean maestros. Mejor, busca maestros que sean testigos... Y dejar pasar la luz.

Santos no son solo los que ya están en el cielo, sino que también aquí en la tierra podemos encontrarnos con mucha gente santa que vive en unión íntima con Dios Nuestro Señor.

Yo cuando estoy celebrando la Santa Misa, veo tantas personas jóvenes o mayores, hombres o mujeres que manifiestan en su rostro una grande paz que en señal de que en su interior hay algo muy especial que han ido conquistando en el correr del tiempo y que sin duda el espíritu Santo mora en sus corazones y los lleva a actuar con mucha humildad y con mucha claridad.

¡Ojalá que todos lleguemos a ser santos!

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