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Es poco el amor y desperdiciarlo en celos

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Por Gonzalo “Chalo” de la Torre Hernández
chalo2008jalos@hotmail.com

-Fíjate que mis vecinos se la pasan discutiendo casi todo el día y con eso de que las paredes son tan delgadas, se escucha todo.

-¿Y eso te molesta mucho?

-No, lo que pasa es que como son extranjeros, no les entiendo y no me entero del chisme.

Eso decíale una señora a su comadre.

Oiga usted, eso de estar discutiendo no es bueno, pero que además los vecinos quieran material para ejercitar la tijera y comer prójimo difundiendo el chisme, menos bueno.

En las relaciones humanas como el matrimonio o una amistad construida a través de muchos años, en que aparentemente hay lazos muy fuertes e indisolubles, existen los inevitables riesgos de la envidia de personas que no son felices, pero que se empeñan en que otras no lo sean tampoco.

No soportan ver matrimonios felices o grupos de amigos sinceros. Hay que atacar esa felicidad ajena a como dé lugar. Y para eso existen dos armas infalibles para causar daño en las relaciones ajenas: El chisme y la calumnia. Basta con inventar información dolosa o hasta en situaciones reales, añadir cosas que jamás sucedieron, pero como en México, le cae al que no le ponga, pues ya está el daño hecho. Garantizado.

Lo peor del caso es que en nuestra sociedad de raíces profundamente religiosas, nadie se toma la molestia de averiguar la veracidad de los rumores y se cree a pie juntillas todo lo que dicen que dijeron. Y como ya se dijo antes, “La viga p´al que no le aumente” , la cosa sigue creciendo y dañando aún más. Se juzga sin conocimiento de causa y peor aún, probablemente sin derecho a juzgar.

¿Tenemos derecho a juzgar las vidas de otros? Y peor todavía ¿tenemos derecho de condenar a otros?, ¿acaso somos un dechado de virtudes y pureza inmaculada?

El mismo Cristo dijo: El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra.

A todo esto, añada usted la eficiencia del chisme de boca en boca; no solo se le aumenta a la mentira, sino que ese método de información es más efectivo que el medio en el que usted está leyendo esto.

Dicen por ahí que no hay nada más fuerte que los lazos del amor, excepto las telarañas que cargan a los elefantes. La verdad es que los chismes convierten las fuertes sogas en frágiles telarañas que se pueden romper ante cualquier vientecito del infundio.

Hable bien de alguien y le cuestionarán acerca de eso y no lo creerán; ah, pero diga algo malo, aunque  sea mentira y lo creerán a la primera. Es más hasta le pedirán detalles y ahí es donde tiene que inventar, porque no podemos quedarnos callados ante el interés mostrado por el interlocutor.

¡Qué tristeza perder amigos de esa forma tan tonta e injusta!, pero qué le vamos a hacer.  Quizá nuestra naturaleza incluye la predisposición a dar más crédito a la mentira que a la verdad. Tal vez.

Mire usted, eso de las amistades son valores que hay que conservar y formar nuestras propias murallas a la insidia y la mentira dolosa. Cerremos nuestros oídos al chisme y la calumnia. Nos conviene a todos.

¿Será sentido cristiano eso de condenar a otros por su forma de vivir, aunque no cause daño a nadie? 
Oiga, ¿le ha sucedido que cuando usted tiene una necesidad, alguien que se dice su amigo no solo no le ayuda sino que hasta lo critica y lo culpa de su necesidad? Y de repente alguien de quien usted ni se imaginaba, recibe la ayuda necesaria sin más interés que el de ayudar. Así, nomás por ayudar.

A veces también se siente bien gacho que usted ha dado servicios a otras personas pues es una persona dispuesta y lo hace por costumbre, pero el día que no puede hacerlo, el ojete es usted. O al menos así lo juzgan y hasta se enojan.

En una empresa en la que laboré por casi diez años, este su servidor colaboraba prácticamente en todo lo que podía. Cuando necesitaban que alguien actuara en tal o cual situación, tenían la casi certeza que Chalo la haría. Un día me propusieron un puesto en que por circunstancias familiares no podía aceptarlo por juzgarlo inconveniente de mi parte y no lo acepté. Desde ese día y hasta su muerte, el entonces gerente de ventas se empeñó en hacerme la vida imposible y además lo pregonaba, haciendo mal uso de su jerarquía. Ni siquiera hice alguna mala acción, sencillamente no acepté una propuesta laboral y eso bastó para merecer su odio. Como siempre decía que sí, el día que dije no, el gacho fui yo.

Hablando se entiende la gente. Pero es indispensable la disposición de ambas partes para que un diálogo se lleve a cabo. Hay que escuchar a la gente y no juzgar por lo que se dice.

Si de todas formas tenemos que convivir y coexistir en los núcleos de población, hagamos lo posible porque esa convivencia sea sana y amistosa. Depende más de nosotros que de los otros.

¡Ah!, qué bonita es la vida de los pueblos donde la mentira y el chisme no sientan sus reales, pero surge una pregunta respetuosa: ¿Habrá algún pueblo de esos?

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