Últimas Noticias:
Loading...
,

La hermandad de la combi

Share on Google Plus


Por Georgina González Ontiveros
@ontiverosss

Vivo en el DF y no tengo coche: todos los días recorro 30 kilómetros de mi casa al trabajo en el bello municipio de Tlalnepantla, ya en “el Estado” (de México) en un desfile de metrobuses, trenes y camiones alrededor de hora y media. Lo sé, es horrible. Me he acostumbrado. Leo mucho.

En Tepatitlán el camión es taaaan lento que cuando un ratero intentó escapar en uno, los policías llegaron caminando y lo atraparon. En donde vivo el transporte también es lento, pero por el tráfico increíble, y por eso la gente ha llegado a desarrollar un esquema de comportamiento cuando viaja, necesario para no enloquecer.

Hay buena variedad en el transporte público: en orden de primer mundo al quinto infierno de Dante tenemos: tren suburbano (una maravilla), metrobús, metro, camiones, microbuses… y el fondo del inframundo: las combis. 

Tren, metrobús y metro no tienen gran misterio: uno compra su tarjeta, espera en la estación y el vagón (o camión en el caso del metrobús) lo llevará más o menos seguro hasta su destino en un viaje podría ser que tranquilo, dependiendo de la hora y el lugar por donde esté circulando. Mientras que metrobuses y trenes no tienen un solo vendedor ambulante (en el tren incluso está prohibido comer y TODOS lo cumplen), en el metro los vagoneros son los reyes de los convoyes. Eso sí, del atasco de gente nadie se salva, ni en el civilizado tren suburbano.

Después están los camiones, micros y combis. Hay líneas bonitas donde los camiones tienen barras sensoras en las puertas (traducción: nadie puede salir por la entrada), cámaras y wifi que no he visto que funcione, pero la intención ahí está, y una persona de estatura normal cabe bien. Esos son los menos. Después están los camiones destartalados microscópicos diseñados para mexicanos de 1.52 de estatura con sonido ambiental de “La chchchchaaanga” (gogléelo). Muy divertido.

No tanto

Pero mejor describiré el último escalón de la dignidad chilanga: las combis. Son unas camionetas ‘Urvan’ de pasajeros (aunque en el DF he visto auténticas combis circulando todavía) en donde caben 15 personas más el chofer. Contaditas. Pero uno no sólo se sube a una combi, hay todo un ritual que los pasajeros siguen y las reglas se respetan al pie de la letra:

1. Saludar. Las combis son pequeñas comunidades donde el que sube, saluda, y el que baja, desea buen viaje a los demás. No hay excepciones. Si uno está de malas y no quiere saludar, le aplicarán ojos de pistola y platicarán entre ellos de lo maleducadas que son las nuevas generaciones (aunque uno ya tenga 38 años).

 2. Hace calor. Afuera puede estar a 13° pero adentro las ventanas van cerradas y nadie se acomide a abrirlas, así que el calor humano está a la orden del día y, claro, hay que platicar con el pasajero de al lado sobre eso: “¿qué frío hace afuera, verdad? Pero aquí está calientito”, “ay sí, yo hasta doble chamarra me puse jejeje”, “ah sí, jejeje”. Y así.

 3. Trabajo en equipo. La regla es que el pasajero paga hasta que se va a bajar, pero claro, con 14 personas entre el chofer y uno, no podemos simplemente pararnos y pasar sobre todos para pagar nuestro viaje, entonces cuando se acerca el momento de bajar, uno toma sus ocho pesos (tarifa mínima) y le dice al de al lado “¿le pasa uno por favor?”, “claro”, y los ocho pesos van de mano en mano hasta que llegan al chofer (y de regreso, cuando se manda el cambio) y entonces pasa lo siguiente:

 4. Anunciar de dónde viene y a dónde va: Una vez que el dinero llega al chofer, el que pagó y que va atrás grita “¡me baja en la clínica por favor!” (o en la refaccionaria, o en el parque, o en cualquier punto de referencia) y el chofer responde “¿de dónde viene?”, así que uno debe gritar dónde subió. Esto es porque se cobra por distancia y el chofer hace un cálculo rápido para decidir si le cobra el mínimo o un poco más. Por supuesto, todos se enteran de dónde viene uno y a dónde va. No hay secretos en la hermandad de la combi.

 5. El que va en la puerta es el jefe. El sillón del frente da la espalda al chofer y la regla es que el que se sienta ahí le toca el último relevo del dinero de los demás. El detalle es que, una vez que uno manda su dinero para pagar, los demás se contagian y ¡todos! empiezan a mandar su cuota, y el último eslabón está pase y pase dinero y dando indicaciones al chofer “le pasan uno” “le pasan tres” “bajan en la esquina”. Es como nuestro vocero.

 6. Gandallas. Esto es opcional: A veces la combi sólo lleva tres o cuatro pasajeros: una pareja al fondo, otra alma solitaria y uno mismo en los sillones de los costados, entonces el galán del fondo se pone guapo y le pide al que está al lado que se levante, se acerque al frente y le dé su pago al chofer. “¿Sí le molesto si le pasa?”, dicen, poniéndonos el dinero en la mano. Personalmente a este tipo de plaga lo dejo con la mano estirada y lo invite a que vaya él y pague su viaje. Me ven feo, pero me vale.

Así es, más o menos, el folclor del eslabón perdido del transporte público en tierras chilangas. De asaltos y peligros, bueno, ni hablar. Los robos son un susto terrible y uno termina dando gracias de salir vivo. Como anécdota, la única vez que me han asaltado en siete años fue a bordo de una combi… de una ruta en la que sigo viajando hasta la fecha. 

¡Qué rayos! Un día tendré coche.

You Might Also Like

0 comentarios