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Los caballeros están de pie

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Por Gonzalo “Chalo” de la Torre Hernández
chalo2008jalos@hotmail.com

Entre las penumbras de la Plaza Tapatía, pasadas las once de la noche, se escucha el golpeteo de dos pares de zapatos a un ritmo acelerado por varias razones: el ambiente semiobscuro más la presencia de algunas personas cuya imagen bien podría inspirar un cierto temor, ofrecían un entorno de una probable inseguridad ya que no se veía por ningún lado a algún agente de la policía.

Otra razón para acelerar el paso, era la imperiosa necesidad de llegar a tiempo a la Estación San Juan de Dios de ese transporte colectivo de la capital jalisciense llamado Macrobús, ya que la última corrida del día, pasa por esta estación alrededor de las once de la noche con quince minutos en dirección hacia Miravalle que es donde vive mi hermano y en su casa debíamos pernoctar, ya que a esa hora no hay corridas en el transporte federal que nos pudiese llevar de regreso a Jalos.

Esos pasos que resonaban eran los de mi esposa y su servidor.

El motivo de andar a esa hora y por esos lugares (el centro histórico de Guadalajara, del que se supone ofrece una gran seguridad) es mi afición, casi obsesión, por el Bel Canto, más concretamente la música clásica y en especial la ópera. Tuvimos la fortuna de poder asistir al Teatro Degollado para la representación completa de la ópera Rigoletto de Giuseppe Verdi basada en un obra de un gran literato reconocido por las letras universales, Víctor Hugo (autor de “Los Miserables”) cuyo Título fue “ El rey se divierte”. 

La Orquesta Filarmónica de Jalisco, bajo la excelsa dirección del canadiense Marco Parisotto hicieron la delicia de los megalómanos asistentes al evento y con las voces privilegiadas del Coro del Estado de Jalisco y en los papeles principales (Rigoletto, Gina, el duque de Mantua, Maddalena y Giovanna) interpretados por cantantes de talla internacional y de varias nacionalidades, envolvieron a la concurrencia con un evento de gran calidad y emotividad. Eso es la ópera; un espectáculo maravilloso.

Bueno, el caso es que el telón cayó exactamente a las once de la noche y había necesidad de salir inmediatamente en pos del anhelado transporte colectivo que nos trasladase a un aposento seguro y confortable. La prisa es la prisa. Al llegar a la calzada independencia y observar parte de la estación completamente sin gente, pensé que el último tren se nos había ido, pero unos pasos más delante pude observar un grupo de personas en otra parte de la estación y eso me dio una luz de esperanza. Apretamos más el paso y alcanzamos a llegar a las puertas de abordaje a las 11:17

El convoy postrero llegó para el último servicio a las 11:18.

Por un pelito nos salvamos de tener que pagar taxi caro o buscar otros medios que nos llevasen a un lugar seguro.

Entre los usuarios que esperábamos el valioso vehículo que algunos llaman el choribús, habíamos casi puros varones, la única mujer era mi esposa, en esa estación cuando menos, y al abrirse las puertas del vehículo, como hormigas en marabunta se abalanzaron sobre los escasos asientos vacíos. Nos quedamos de pié. En algún momento supusimos que habría alguna persona, que haciendo uso de su caballerosidad cedería el asiento a dos personas de la tercera edad, o sea nosotros, pero no. No hubo tal caballerosidad. Traspusimos varias estaciones y los asientos que se vaciaban, de inmediato eran ocupados por otros varones y nosotros seguíamos de pie.

De los que iban sentados, pudimos observar que alguno se colocó los auriculares y se metió a su mundo musical olvidándose del entorno inmediato, otro se hizo de los dormidos, otros miraban entre la oscuridad, el paisaje exterior de las luces y las casas inmóviles, otro veía en las teles, los programas informativos, etc, etc. El caso es que nadie parecía querer ceder su asiento a una mujer de la tercera edad. Cabe hacer mención que entre las personas que venían de pié, estaba una señora que bien podría considerarse de la cuarta edad. Pues nadie cedía.

Entonces la dueña de las que eran mis quincenas (ya soy desempleado sin jubilación), me preguntó: ¿acaso ya no hay caballeros? Presto le respondí: sí, todavía hay, pero van parados.

Y no me equivoqué. Un joven, al desocuparse dos asientos, impidió que otros varones jóvenes se sentaran para que nosotros pudiésemos trasladarnos sentados a nuestro destino. Desde luego se le agradeció y se le hizo saber que acciones como la suya, mantienen viva la esperanza de la sana convivencia entre los seres humanos.

Pero disculpe usted si ofendo susceptibilidades. La caballerosidad o cortesía, no corresponde exclusivamente a los varones. Las mujeres bien podrían ser corteses son sus congéneres. Equidad de género, le llaman ahora. Bueno, han sido muy escasas las ocasiones en que éste su servidor ha visto que una dama joven o señorita, se levante para que tome asiento una dama de la tercera edad o embarazada o cargando niños pequeños. 

Y no se diga si llevan varias bolsas del mandado. Menos le ceden el asiento.
¿Las ciudades y sus problemas serán tan fuertes que pueden acabar con la cortesía?, parece que sí.

¿Cuál es nuestro grado de caballerosidad o cortesía? Cada quién sabe su propia respuesta.

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