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Lo que es parejo no es chipotudo

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Por Gonzalo “Chalo” de la Torre

     Tengo un amigo que estableció un negocio de salchichas y le ha ido muy bien económicamente hablando, tan así que ha logrado una mediana fortuna y goza de muchos lujos que antes no podía darse.

     Según eso, sus salchichas son de pavo, pero de pavorosos restos de animales, creo yo. De pavo solo tienen el nombre pues son de gallina vieja de las granjas que por aquí hay muchas.

     Por la amistad, me atreví a preguntarle el secreto de la mejoría en sus finanzas y me confió que la verdad le revolvía un poco de carne de burros y caballos viejos.

     Entonces le pregunto en qué porcentaje utilizaba esa carne de equino, para hacer rendir la de “pollo”. Me respondió; pues muy parejo, mitad y mitad.

     Seguí preguntando y le dije: ¿o sea, que por ejemplo le pones 100 kilos de pollo y 100 kilos de caballo?

     - No, un pollo y un caballo. ¡Parejo, muy parejo!

     Este chascarrillo es pura imaginación. Cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia.

     La verdad es que en la vida, lo parejo no es tan frecuente como quisiéramos o como debiera ser lo conveniente; por ejemplo: en algunos empleos, lo errores no se clasifican o juzgan de igual forma, dependiendo de quién los haya cometido. Si es amigo del jefe, lógicamente la evaluación del error será muy complaciente y se concederá otra oportunidad y otra y otra. Si no es amigo, el error traerá consecuencias y una probable sanción. Incluso aunque no hubiese sanción, al menos el error podrá ser motivo suficiente para la burla y el escarnio.

     Ya ve aquello que se dice de quien mata un perro; toda la vida le llamarán “mataperros”.

     En el futbol, el árbitro puede inclinar la balanza en el sentido que desee, disfrazando de legalidad sus decisiones pues es una cuestión de criterio y de apreciación. El árbitro debe ser imparcial, pero bajita la mano, beneficia a sus amigos. 

     Se dice que en este mundo todos somos iguales. Pero la práctica demuestra que unos son más iguales que otros y gozan de privilegios, muchas veces inmerecidos, pero que gracias a parentescos o amistades, tienen primacía sobre otros “ iguales”.

     Volviendo al futbol u otro deporte popular y de conjunto, es el deporte más democrático. Ahí con sus uniformes, los jugadores sí se ven parejos, pues no se distingue mucho el rico del pobre y todos tienen un objetivo. Correteando el balón, no se distingue quién es gerente de un banco u obrero de una fábrica, o el intendente de una institución o quizá propietario de una empresa, o funcionario público de altos vuelos, etc., todos se ven igual y todos se sienten igual. Por ejemplo un gerente de banco fuera del futbol, ve a un obrero de fábrica como una persona de poca importancia y un muy improbable cliente; pero en la cancha, es su compañero y aliado en la búsqueda del tan anhelado triunfo por el que ambos luchan con el mismo ímpetu. Con frecuencia incluso, el obrero tiene más cualidades y habilidades futbolísticas y eso es motivo de admiración.

     El deporte favorece pues, las relaciones humanas y “empareja” a las clases sociales. En la vida, tener objetivos comunes une a las personas y nos permite ver que absolutamente todos los seres humanos tenemos cualidades y habilidades de las cuales aprender. Eso sí nos empareja. Los niños nos enseñan de su inocencia, los jóvenes de sus ímpetus y deseos de cambiar el mundo, los maduros de su experiencia y los ancianos de su sabiduría que da todo lo anterior.

     Entonces hay que ser parejos con todos y respetar a todos, pues cada uno de nosotros, tenemos algo que nos hace merecedores de respeto.


     Tengamos presente que hay algo que es inevitable y que nos “empareja” a todos y eso es la muerte. Esa sí agarra parejo.

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