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Desde el alba hasta el oscurecer de la vida

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• El 24 de diciembre se fue un gran sacerdote, el señor cura Salvador Zúñiga Torres

Cada vocación es una aventura de lo divino en nuestra tierra. Cada sacerdote, desde su pequeñez y grandeza, es una lección viva del Señor Jesús. El Señor Cura Zúñiga llevaba en sí estampas vivas de la historia del Seminario de Guadalajara y de la vida diocesana y tuvo oportunidad de comunicar esas vivencias.

Rafaela Torres Lira, de Jalpa, Zac. y Fernando Zúñiga Padilla, de Huejuquilla el Alto, se habían casado el 4 de julio de 1918 establecieron su hogar en Aguascalientes, ahí nació Salvador, el 14 de septiembre de 1928. Esta familia vivía plenamente los cánones de la fe, durante la persecución daban hospedaje a los sacerdotes. Y fue señalada. Había que irse a otra parte, el papá pensó que a México D. F. para seguir las huellas del progreso, la mamá presintió que era mejor Guadalajara: ¡Que se manifieste la voluntad de Dios en un volado! y el destino fue Guadalajara.

Se establecieron cerca de la parroquia de Santa Teresita, era el campo de trabajo del padre Román Romo González, hermano de Santo Toribio, ahí mismo hacía su apostolado Quica, Salvador estudió el catecismo con ella. Luego la familia se cambia al barrio del Santuario de Guadalupe. Por 1940 se establecen en San Felipe de Jesús bajo la tutela de don Rafael Meza Ledezma, el primero y muy célebre párroco, era un centro efervescente de vida cristiana, referente de apostolado total; Salvador va a la escuela parroquial, cursa hasta tercer año. Le dieron clases la maestra Higinia Gutiérrez y Teresa. Se alista en el grupo de Vanguardias de la A. C. Entra en la escuela apostólica del padre Arturo Espinoza, por la Fábrica de Atemajac, el 18 de febrero de 1942. Escuela donde se preparaban para entrar al Seminario, aún itinerante y clandestino.

Salvador fue elegido para hacer el examen público de matemáticas y de gramática. Existía un ritual, los alumnos distinguidos habían de invitar a dicho acto al Señor Arzobispo. Fueron a su casa por Priciliano Sánchez. Ya que se trataba de matemáticas, el Prelado le preguntó al chico Salvador: ¿Qué pesa más, un kilo de lana o un kilo de plomo?, y Salvador sucumbió al ardid. El de plomo, dijo.
En noviembre de 1945 ingresa al Seminario de Guadalajara. El segundo de latín lo hicieron de externos. Recibían clases por la calle Libertad, entre las canteras del templo Expiatorio o se iban hasta la Concha. Fue recibido por el padre Enrique Toral Moreno, de extracción alteña. El tercer año rentaron una casa, a media cuadra de San Felipe, su prefecto era el P. Rafael Vázquez Corona. Recuerda que Rafael Muñoz, de seminarista, luego obispo de Aguascalientes, participaba en las celebraciones de San Felipe.

El cuarto año de latín ya fue internado formal en San Sebastián de Analco; el padre superior era don Luis Santiago. Tenía como maestros a don José Salazar y a don J. Jesús Becerra, los dos dejarían una profunda huella gracias a su testimonio de integridad y entrega a la Iglesia. Eran 120 alumnos. Salvador fue nombrado ecónomo, sería el responsable de atender a todos en la manutención. Aún se cocinaba con leña. Él se encargaba de conseguir los insumos y de obtener el dinero del padre ecónomo diocesano Antonio Chávez Carbajal, muy estricto y cuidadoso, pero llevaron muy buena relación. Sus compañeros lograron sobrevivir saludablemente. Ese año se desechó toda la loza de peltre que se usaba hasta entonces, estaba en muy mal estado. Se compró loza nueva de porcelana y vasos de cristal. El coadjutor era Anastasio Rábago, de conocida dinastía por San Miguel el Alto.
   
AL SEMINARIO MAYOR.

Se perfilaba ya como una persona, que serenamente y sin ostentación mejoraba el curso de la historia con su dedicación y responsabilidad, sin brillos deslumbrantes. El quinto año era muy importante. Pasaron a la casa de San Martín, por la parte de Jarauta, entre Industria y Federación. En medio estaba el comedor y la huerta de Filosofía, por Belisario la Teología. De esta época recuerda al padre Fernando Romo, luego obispo de Torreón y a Trinidad Sepúlveda, tan alto, clave en el juego del volibol. En 1947 los seminaristas iban a practicar el futbol a Jardines del Bosque, hoy templo del Calvario y arcos del Milenio. No menos de ocho kilómetros; la ida o la vuelta reglamentariamente debían de ser a pie. Salvador prefería irse a pie y regresar en camión para alcanzar baño y estar dispuesto a la clase de la noche, así cada jueves y domingo. Fue su rector el padre Salvador Rodríguez Camberos, psicólogo, un hombre muy equilibrado, alto y recto. Luego siguió el Señor Salazar, 1946. Don J. Jesús Becerra era muy exigente, de gran temple y fortaleza, pero también muy humano, amigable, bromista y cordial en los paseos.
En ese quinto año, a mediados, el señor Becerra se enfermó y por más de un mes estuvo en su casa, mandó llamar a Salvador y le dijo que se encargara de hacer el altar del Corpus. Una comisión muy seria. Lo bueno era que el grupo contaba con elementos muy calificados. Buen carpintero como Servando García, Juan Rodarte, escultor. Y Salvador que era buen técnico en molduras y adornos. El proyecto, inspirado en el Cubilete, era una cúpula para la imagen de Cristo Rey, de gran altura. El día de armar el diseño, se desató una gran bulla, usaban astas y garrochas para sostener la armazón, todos gritaban al mismo tiempo… hasta que se escuchó una voz… ¡Que solo hable Zúñiga! Y así fue como se pudo realizar el proyecto que fue la admiración de todos; con satisfacción contempló y vivió la llegada del Augusto Sacramento, en la procesión de la gran fiesta eucarística, al monumento hecho con gran esfuerzo e ingenio. Misión cumplida. (Continuará)

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