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Los hallazgos de dinero enterrado

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Ahora que me acuerdo (2)

Gustavo González Godina

   Bueno, le cuento. Y no son cuentos. La palabra “contar” significa: Referir un suceso verdadero o fabuloso. No necesariamente un cuento salido de la imaginación, se pueden contar historias reales, que son las que a mí me gusta contar, de cosas que yo viví y que me parecen dignas de ser contadas. El objetivo: en su mayor parte entretenimiento, para el que escribe y para el que lee; y en una mínima parte para tratar de provocar una posible reflexión y la búsqueda de una explicación (en algunas de estas historias) a cosas que la mayoría no entendemos.

   Le cuento pues. En la tierra donde nací, o mejor dicho en el punto de la tierra donde nací -porque si digo “en la tierra donde nací” parecería que estoy escribiendo para la galaxia entera, ja, cuando me van a leer si acaso en el rancho y no todos-, en una región que se ubica al norte del Estado de Jalisco y al sur de Zacatecas (yo nací justo en el límite, entre los municipios de Totatiche y Atolinga) hay muchas historias acerca de grandes hallazgos de dinero enterrado, algunas muy cercanas al que esto escribe porque les ocurrió a mis parientes, que de esta manera se hicieron ricos, ricos de pueblo pero ricos al fin, tres generaciones después sus descendientes viven bien, económicamente desahogados gracias a esas pequeñas o medianas fortunas, en oro y plata, que fueron desenterradas por sus abuelos o bisabuelas en la primera mitad del siglo pasado.

   La causa de ese dinero enterrado en diferentes (me atrevo a decir que en muchos) puntos de esa región mencionada, es que la misma quedaba al paso de quienes se dirigían, en un sentido o en otro, a las minas de oro y plata que eran explotadas en el municipio de Bolaños, en el extremo norte del estado de Jalisco. Y bueno, era también el camino más corto entre la capital de Zacatecas y Guadalajara, cuando no había carreteras y todo lo transportaban en mulas; y de todos es sabido que la fundación y el crecimiento de la primera ciudad mencionada se debió a las minas de oro y plata que fueron explotadas durante muchos años en el Cerro de La Bufa.

   Todo el mineral de ambos yacimientos tenía que ser transportado pues a lomos de las mulas, me imagino que de largas filas de mulas o recuas custodiadas por soldados, por lo menos de Bolaños y Zacatecas a Guadalajara, para continuar de ahí hasta la capital del País a bordo de diligencias cuando ya funcionaban éstas. En un sentido circulaba por ahí la plata y el oro, digamos, a granel, en bruto, en piedra, en polvo, no sé… y en sentido contrario, desde la ciudad de México primero y desde Guadalajara después, lo que cargaban las mulas de regreso era parte de esos metales, pero acuñados ya en monedas, para pagarles a los trabajadores y empleados de las minas, que eran muchos y de todo tipo, desde mineros de pico y pala, expertos en explosivos, en la refinación, hasta administrativos y ejecutivos que ganaban y no poco, siempre en dinero consistente en monedas de oro y plata, porque no había de otro.

   Y todo eso pasaba por mi tierra jejeje… No sé si en otros municipios ocurría lo mismo, pero de Totatiche y Atolinga sé que el origen de los hallazgos de dinero enterrado, en oro y plata, eran los asaltos que se cometían contra quienes transportaban la paga de los mineros. Los bandidos, o salteadores de caminos como les llamaban en los tiempos de don Porfirio Díaz, atracaban a los conductores del cargamento y les quitaban todo el dinero, obviamente se lo repartían y les tocaba un buen a cada asaltante. Pero… no había bancos donde guardarlo, ni lo podían gastar indiscriminadamente dándose lujos o comprando tierras y ganado rápidamente como los nuevos ricos que eran, porque despertarían sospechas y más temprano que tarde darían con ellos y su destino sería la horca.

   ¿Qué hacer pues con la marmaja para no atraer la mirada del gobierno? Pues ocultarla. La enterraban, dejaban pasar el tiempo y en no pocas ocasiones sólo aquel que enterró el dinero sabía dónde, y para su mala suerte moría sin haberle dicho nada a nadie acerca del lugar. Y esta costumbre de enterrar el dinero producto de los asaltos -que se entiende porque no podían hacer otra cosa-, dio origen luego a que todo mundo hiciera lo mismo, aún con poco dinero producto de su trabajo o de las ventas, dinero bien habido pues, lo metían a una ollita de barro o a un cántaro, pequeño o grande, que enterraban en algún cuarto de su vivienda o, dependiendo del tamaño de la olla, si cabía, hacían un hueco en uno de los muros, que eran anchos, de adobe; y pasaba lo mismo, se moría el que escondía su plata o su oro y ahí se quedaba el dinero, hasta que años después, décadas o más tiempo aún, alguien daba accidentalmente con el hallazgo.

   Y esto del dinero enterrado dio origen a su vez a una serie de consejas populares, a mitos, leyendas, cuentos y, en mi caso a reflexionar sobre casos y cosas inexplicables. Según la primera de tales consejas, el dinero enterrado pasa a ser propiedad del diablo. La segunda y derivada de la primera tal vez, dice que quien enterró el dinero no descansa en paz hasta que alguien lo encuentra y lo saca. Una más, que dicho tesoro debe ser para alguien en particular, no para cualquiera ni mucho menos para alguien muy ambicioso. Se dice, por ejemplo, que en la mayoría de los casos se lo encuentra gente buena, dispuesta siempre a hacer obras de caridad, esto cuando el hallazgo es por accidente, sin que el difunto le diga nada al destinatario, a veces basta una señal (o varias), “aquí espantan, debe haber dinero enterrado” dicen cuando se escuchan ruidos inexplicables (hay quienes han llegado incluso a ver pasar una sombra); y en ocasiones el difunto se le aparece a quien quiere él que saque el dinero, en forma de una sombra nomás que entra al cuarto donde duerme o está a punto de dormir la persona (sombra que atraviesa las puertas y paredes, por supuesto), o de un extraño aliento, frío, que se acerca demasiado al oído de la persona elegida y le dice dónde está enterrado un dinero.

   Y no sólo eso, además de darle detalles acerca de cómo encontrar el dinero enterrado, el difunto le da instrucciones a la persona acerca de qué hacer con él, la primera de las cuales es siempre pagar una manda (una promesa) que le hizo a la Virgencita del Rosario, por ejemplo, a la que tiene que llevarle determinada cantidad como limosna; y del resto, una parte debe ser para fulana, otra para zutano, y lo demás para el beneficiario principal, el que va a sacar el dinero. Otra cosa que se dice, es que el Viernes Santo se ven los llamados fuegos fatuos en la superficie de la tierra en algún punto donde hay dinero enterrado, son éstos aparentes llamaradas, pequeñas, producto de los gases que emanan del metal enterrado por mucho tiempo. Y a propósito de estos gases, al desenterrar un dinero hay que hacerlo con un pañuelo mojado cubriendo la boca y nariz, porque son tan tóxicos que pueden incluso provocar la muerte. Nada de esto lo creo, aunque tampoco me atrevería a negarlo rotundamente. Sin embargo la conseja popular que más me intriga, es aquella según la cual si una persona da con el dinero enterrado, pero no era la persona indicada para la que estaba destinado, el oro o la plata se transforman en otra materia, con frecuencia en carbón o en arena. Esto científicamente no es posible, pero a mí me sucedió algo inexplicable al respecto.
   
   Ya le contaré. Primero le voy a contar en la siguiente entrega, de aquellos hallazgos con los cuales se hicieron ricos algunos de mis ancestros. Igual no me va a creer, pero igual se lo voy a contar…



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