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Una sesión espiritista

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Ahora que me acuerdo (5)

Gustavo González Godina

   ¿Qué tanto se asustaría usted si le hablara un muerto? Lo más probable es que ni lo ha pensado, porque para empezar los muertos no hablan. Es una máxima de la mafia: Los muertos no hablan, por eso les dan piso a quienes creen que podrían delatarlos, a quienes representan un peligro porque saben demasiado (yo por eso no fui a la Universidad, para no saber demasiado), o como dicen en mi rancho: Muerto el perro se acabó la rabia. Pero… ¿se acabó?, ¿cuando alguien se muere se acaba todo? Es un hecho que los muertos no hablan, no como hablamos los vivos, ni como estamos acostumbrados a que nos hablen los vivos, pero hay muchas historias, muchas, que nos dicen que algunos muertos se pueden comunicar con los vivos cuando tienen algo importante que decirles.

   Los muertos no se le aparecen a nadie. No con el cuerpo que tenían en vida, de eso estoy seguro, lo que se diga en contrario sólo es producto de la fantasía, de la imaginación y creatividad de los guionistas de películas de ficción. Pero que no se dejen ver como eran y que no puedan hablar como hablaban, no significa que no se puedan comunicar, manifestarse de alguna manera cuando tienen necesidad de hacerlo, de eso también estoy seguro. Para muchos, para la mayoría tal vez, el que alguien hable de esto es pura charlatanería, quienes no aceptan esta posibilidad aseguran que todo tiene una explicación científica, pero la verdad yo no se la he encontrado a algunas cosas que me han pasado, que he presenciado o que me han contado personas muy cercanas que no tenían por qué inventarlas ni mentir.
   Los que ya murieron ni se aparecen ni hablan, pero por las historias que conozco algunos provocan ruidos, se proyectan como sombras en movimiento, susurran cosas al oído, provocan el movimiento de algunas cosas (como una parte del colchón de alguna cama), o se comunican a través de alguna persona viva. Por lo menos eso fue lo que dicen que hizo mi abuelo. Le iba a contar en esta entrega cómo fue que mi papá dejó escapar el hallazgo de un dinero enterrado, pero a su pobreza contribuyó también la maldad de mi abuelo, su padre, por eso haré un paréntesis en las historias sobre ese tema y le contaré algo de lo más extraño que me he enterado.

   Mi abuelo paterno Rito González tuvo muchos hijos, nueve si no se me olvida alguno, casi todos varones, sólo una mujer mi tía Victorina; y casi todos lo abandonaron en cuanto pudieron, uno se fue para el norte y se perdió para siempre, desapareció; dos se fueron a vivir a California, otro más a la frontera, a Mexicali concretamente, y de los que se quedaron en el pueblo tres se fueron a vivir a Guadalajara y luego se llevaron a su mamá; sólo mi Tía se quedó en el rancho, casada, y mi papá en el pueblo con su propia familia en la que me incluyo. Mi abuela sufría mucho porque Don Rito era infiel por naturaleza y mujeriego, agarraba parejo, parecía ambulancia levantaba de todo, cómo sería que se metió con la mujer de un zapatero al que apodaban El Chueco y éste lo sabía, y para terminar con ese conflicto entre ambos se la jugaron (a la mujer) a la baraja, la apostaron en un conquián y se la ganó mi abuelo, y El Chueco muy cumplidor -como sabía que las deudas de juego son deudas de honor- se hizo a un lado y le dejó a Don Rito el camino libre con su mujer.

   Por eso sus hijos se llevaron a mi abuela a Guadalajara y dejaron a su padre solo en el pueblo, el único que tenía que lidiar con Él era mi papá, al que le prestaba la casa en la que vivíamos y a donde a veces iba a comer. Pero la relación entre ambos era muy tensa, el hijo siempre le reclamaba al padre sus infidelidades y que hiciera sufrir a mi abuela, y esa fue la causa finalmente de que un día, en medio de una borrachera, mi abuelo nos pusiera de patitas en la calle, sacando de la casa no sólo a la familia sino todas las escasas pertenencias que tenía mi padre y que quedaron regadas por las banquetas y el empedrado de la vía pública. Después le contaré cómo fue que mi familia emigró también de ese pueblo en el que pasé mi infancia. Mi abuelo Rito, ya viejo y pobre, se tuvo que refugiar con el más chico de sus hijos, con mi Tío Cecilio en Guadalajara, donde vivía éste ya casado y con dos hijos pequeños.

   ¿Para qué lo recibió en su casa…? Bueno, su padre al fin, no se podía negar. Pero al anciano le gustó la nuera. Perro que da en tragar huevo, aunque le quemen el hocico.

   Que la acosaba se supo después, hasta que se murió el Viejo que duró casi cien años en este mundo, murió a los 98 y meses en una clínica del Seguro Social en Guadalajara, donde por cierto ya no lo querían recibir porque no lo aguantaban. En una de las últimas ocasiones en que estuvo internado, se levantó de la cama, se quitó la bata (ya sabe usted que cuando lo tienen a uno internado en un hospital hacen que se quite la ropa y que se cubra sólo con la bata que ahí le proporcionan) y empezó a correr por toda la sala entre las camas de otros pacientes lanzando maldiciones, tuvieron que acudir varios enfermeros, varones, para someterlo (a su edad), sedarlo y volverlo a acostar. Las enfermeras de plano le tenían miedo.

   El día que murió estaban en su casa mi tía política (esposa de mi tío) y mi tía Victorina, quienes me contaron que a media tarde escucharon en la calle un ruido parecido al que hacen los cascos de un caballo al andar por el pavimento, que se asomaron por la ventana y que vieron una carroza, jalada por dos caballos, que se detuvo justo frente a su domicilio, que de ella bajó un hombre que vestía un traje negro y se dirigió a la casa, pero que al llegar a la reja donde estaba el timbre, en lugar de oprimir éste se dio la media vuelta, subió a su carroza y se fue. En esos momentos -dicen- se estaba muriendo Don Rito en la clínica del IMSS. No sé si esto se lo imaginaron y fue sólo producto de su fantasía… Lo real, lo que sí creo, fue lo que vino después.

   La esposa de mi tío comenzó a padecer una serie de ataques epilépticos o algo así, leves y espaciados primero, comenzó con simples desmayos y las convulsiones vinieron después, luego se hicieron más frecuentes y acudió al médico para saber qué le pasaba, la examinaron, le hicieron análisis, una tomografía y le dijeron que nada, que no tenía nada anormal. Tiempo atrás se había dado un golpe en la cabeza en el marco de una puerta, pero los resultados de la investigación médica arrojaron que no tenía ninguna secuela, ninguna lesión en la cabeza, que todo estaba bien.

   Pero Ella seguía mal, las crisis eran cada vez más frecuentes y mi Tío tuvo que dejar de viajar, vendía refacciones automotrices por toda la costa del Pacífico y se tenía que regresar a veces sin terminar la ruta cuando le avisaban que su mujer se había puesto mal. Y sucedió que en una ocasión, la mujer (aparentemente sana y normal excepto cuando le daba la chiripiolca como al Chavo del Ocho) acompañó a una amiga a ver a una curandera que la estaba tratando de no sé qué, y cuenta que al llegar a la casa-consultorio, en cuanto la vio la señora en cuestión -a la que no conocía-, puso ésta una expresión en su cara como de incredulidad y concentración, y le dijo (a mi tía): “Oiga, usted trae un problema”. “No, ninguno” -le contestó la esposa de mi tío. “¡Cómo no! -insistió la otra-, trae un problema y grave, veo atrás de su cabeza, de la nuca y sobre sus hombros un aura (un halo, como un campo magnético invisible para la mayoría) y no es nada bueno, como que anda cargando usted con el espíritu de alguien más…”

   ¡Ay nanita!, mi tía se acordó de sus ataques, de mi abuelo, de que éste le echaba los perros… y se llenó de miedo pero no le dijo nada a la señora. Le platicó a su marido y la reacción de éste fue la que se podría esperar de cualquier ser racional: “la pinche vieja esa está loca” y no había que hacerle caso, ni pensar siquiera en lo que dijo. Pero su mujer empeoró, y como según la ciencia no tenía nada, y como un perdido a todas va, su amiga la convenció de que fueran otra vez y le contara a la curandera, bruja, espiritista o lo que fuera, el problema que tenía con sus ataques epilépticos. Lo hizo y la consultada le contestó que ya sabía que volvería porque traía a alguien más dentro de Ella, que algún espíritu se había posesionado de su cuerpo y la atormentaba, que no tenía que ser necesariamente un demonio, que podría ser alguien, algún conocido que hubiera muerto y que tenía algún pendiente con ella.

   ¡Uf!, mi tía le platicó lo de Don Rito, que la acosaba en vida y no sólo eso, que en alguna ocasión le había dicho -Ella creía que en broma- que si no accedía a sus exigencias, se la iba a llevar con Él cuando se muriera, que ya se lo había prometido al diablo. No ma… mi tía se burló de Él, dice, le causaron risa sus ocurrencias, ya se estaba volviendo loco el méndigo viejito… Pero ahora, con esa enfermedad inexplicable… Se apanicó y le platicó a mi Tío que había ido a ver a la señora esa y lo que ésta le dijo, y le confesó también lo que pasaba cuando vivía su papá. Su marido se molestó mucho, la regañó, le llamó vieja ignorante, supersticiosa y salieron de pleito. Pero los ataques epilépticos seguían, cada vez con más frecuencia, y nuevos especialistas médicos le dijeron que no tenía nada. Terminó mi Tío por aceptar que fueran los dos a ver a la señora que le había diagnosticado cuál era el problema.

   Incrédulo y todo, escuchó con atención la única solución que proponía la señora para tratar de curar a su mujer: Realizar una sesión espiritista en su casa (en casa de mi tío), invocar la presencia del espíritu de mi abuelo, y si se presentaba preguntarle qué onda, qué carajos quería. “Lo pensaremos y le avisamos”, le dijo a la espiritista.

   Pues no pasó mucho tiempo antes de que le avisaran que sí, que estaban dispuestos. Acordaron la fecha, tenía que ser a la media noche. Y en el día acordado mi Tío y su Esposa se fueron a visitar a unos compadres al otro extremo de la ciudad, dejando a su hijo en casa para que recibiera a la señora y le ayudara con los preparativos. Toda la tarde estuvieron chupando, así que mi Tío se puso hasta la madre de borracho, tuvo que manejar su esposa de regreso cuando su hijo le llamó y le dijo “ya vénganse apá, porque esta chingada vieja loca ya tiene aquí un desmadre, está la casa llena de humo, sabe cuánta porquería quema y reza o recita no sé qué pendejadas, dice que ya está todo listo, que sólo faltan ustedes”.

   - “Llegamos -me platicó después mi Tío- y a las 12 de la noche comenzó la función. Yo no sabía ni qué porque estaba bien pedo, pero recuerdo que nos sentamos los cuatro, mi vieja, mi hijo, la señora esa y yo alrededor de la mesa, y que nos dijo que nos agarráramos de las manos. Luego empezó a llamar al espíritu de mi papá y… ¡no mames!, tú sabes Gustavo que yo no creo en esas cosas, pero te juro que se me pasó la borrachera totalmente cuando sentí que la mano de mi mujer se empezó a poner fría fría, cuando vi que se le pusieron los ojos en blanco, me asusté como no te imaginas… pero eso no fue todo, empezó a hablar mi mujer con voz de hombre, ¡era la voz de mi papá!, te lo juro, quién sabe qué dijo entre dientes, lo único que sí entendí bien fue `hijo, necesito que me perdones´. Hice un esfuerzo para dominar el pánico y le contesté `sí lo perdono apá, ya deje en paz a mi mujer´. En ese momento despertó mi esposa del trance en que había caído y ya con su voz preguntaba qué había pasado, nos soltamos de las manos y terminó la sesión. Después le platicamos mi hijo y yo lo que había ocurrido y se asustó mucho también, pero qué crees… se alivió, nunca más le volvieron a dar los ataques, está completamente curada. Si lo quieres creer lo crees, y si no me da igual, tú me conoces y sabes que soy una persona muy racional y razonable, pero te juro por Dios que pasó lo que te platico, tal cual…”
   

   Lo mismo le digo a quien esto lea, si lo quiere creer que lo crea, y si no igual ya se lo platiqué. Le contaré también de cuando la difunta Doña Chinda le habló a mi papá…

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