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El dinero de Chito León

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Ahora que me acuerdo (8)

Gustavo González Godina

Vivía yo en Tepatitlán, Jalisco y mis papás en Zapopan, ciudad conurbada con la capital Guadalajara, que quedaba entonces a unos 50 minutos de camino (ya se acercó, ya la acercaron las nuevas autopistas), aunque para llegar hasta su casa transcurrían otros 40 minutos, por lo menos, y eso utilizando las vías rápidas sin semáforos, casi. De cualquier manera estaban cerca, por eso me fui de Veracruz después de vivir 17 años aquí, porque mi padre ya estaba viejo y quería yo convivir con él lo más que se pudiera, así que con mi esposa y mis hijos íbamos a visitarlos casi cada fin de semana.

“Tú piensas con el estómago” dijo mi compadre Conrado cuando vio que lo primero que hice al volver de Veracruz, fue construir en el jardín de la casa de mis padres un asador, y junto a éste una pequeña pileta para enfriar las cervezas. A unos treinta metros de distancia hicimos otra más grande, una alberquita pequeña para que se bañaran ahí los niños. Como es fácil de imaginar no la pasábamos mal, nos reuníamos ahí la familia de mi papá, la de su hermano Cecilio, otros dos tíos, la mía y algunos amigos, unas veinte o treinta personas a comer carne asada y a beber cerveza o tequila y a jugar poker. Hasta intenté una vez freír un marrano como veía yo que lo hacía don David Fernández en Oluta (municipio vecino al de Acayucan). Matarlo no hubiera podido, pero lo compré en canal, conseguí la paila y el quemador y le metí lumbre al cadáver (de unos 80 kilos) del animal, en pedazos claro, primero a la piel y después a la maciza. Las dos cosas fueron un desastre, los chicharrones se me quemaron y a las carnitas les faltó sabor. No es fácil. Lo único que sirvió después fueron los tamales que hizo mi hermana. Pero bueno, lo intenté…

Pues sucedió que en una de tantas visitas a mis padres y hermanos, mi mamá me recibió con la noticia de que Chito León, un tío de Ella que se llamaba Leonardo y que había muerto hacía algunos años, se le apareció a Socorro, la esposa de mi primo Ansurio, y que le había dicho dónde había dejado un dinero enterrado. Sólo cuatro primos hermanos quedaban en el rancho del Agua Zarca donde nací: Toño, hijo de mi tía María, y tres de mi tía Baudelia, hermana también de mi mamá: Rosario “Chayo” la más chica, Cecilia la mayor a quien todo mundo le llamaba Chila, y Ansurio que ya no necesitaba ningún apodo con ese nombre tan raro. La familia de éste era la que yo más visitaba, ahí llegaba siempre que iba al rancho porque era con quienes me sentía más identificado, prácticamente mi primera infancia transcurrió en la casa de mi tía Baudelia, así que Ansurio era como mi hermano. Después se casó con Socorro Delgado y tanto ésta como sus hijas e hijos, dos chamacas y dos niños en ese tiempo, me veían como de la familia. Y me dice mi mamá que Socorro sabía ya dónde había un dinero enterrado…

¡Coño!, al siguiente fin de semana, el sábado a media mañana ya estaba yo en el rancho preguntándole a Socorro por la aparición y lo que le había dicho exactamente Chito León, a quien alcancé a conocer siendo ya un anciano él y yo un niño. Se dedicaba el hombre a comprar huevo casa por casa por todas las rancherías de la región, mismo que llevaba a Guadalajara en un par de mulas y de regreso llegaba al rancho con un cargamento de mercaderías, de las que vendían los llamados varilleros: telas, hilos, agujas, peinetas, afeites, lo que necesitaban especialmente las mujeres, dejaba pasar unos días, muy pocos, porque ir y venir a y de Guadalajara le llevaba una semana de caminar a caballo jalando a sus mulas, y recorría otra vez las rancherías vendiendo lo que había traído de la capital del Estado y comprando huevos. Ya viejo y cansado puso una pequeña tienda en un cuartito de su casa que tenía una ventana hacia el exterior, no hacia la calle porque no había calles, El Agua Zarca era un caserío con una vivienda por aquí, otra por allá, a unos 200 o 300 metros una de las otras. Yo la conocí bien, su casa, porque era tío de mi mamá, y su tienda porque me mandaban a comprar azúcar, manteca, arroz, o a llevarle huevos a vender (se le quedó la costumbre, no sé cómo los negociaría después porque ya no podía ir a Guadalajara), y además el buen viejo siempre me regala dulces, así que me gustaba ir. Y Socorro sabía dónde había dejado su dinero enterrado…

-¿Cómo estuvo eso de que se te apareció Chito León? A ver cuéntame -le pregunté con ansiedad.

-“No no no, de eso ni me preguntes -me dijo-, no quiero hablar de eso. Apenas me estoy aliviando del susto, llevo como tres meses enferma de los nervios a causa de eso, ni los doctores me podían curar del espanto, sólo tomando tes de hierbas he ido mejorando, ya más o menos puedo dormir. Pero no quiero ni acordarme de eso, así que ni le muevas, olvídalo…”

-Pero Socorro, si como dicen mi Tío Leonardo te dijo dónde había dejado su dinero enterrado, cómo lo vas a desaprovechar, vámoslo sacando…

-“No no no, yo no quiero saber nada de dinero enterrado, ni más rica ni más pobre con ese dinero y sin ese dinero, ya. Ni me preguntes, no me interesa buscar nada”.

-Bueno, no busques nada, pero platícame al menos cómo fue que se te apareció el difunto, es algo extraordinario que no ocurre todos los días ni le pasa a cualquiera, debe ser una experiencia muy interesante…

-“Ay Gustavo… es que no me quiero ni acordar, me asusté mucho, me enfermé, entiende…”

-¿Fue en la noche…?

-“¡Uf!, sí… fue en la noche”.

-¿Dónde?

-“Bueeeeno… fue en la noche, ya estábamos acostados (en el rancho se acuesta uno temprano porque hay que madrugar), eran como las 10 de la noche, en la salita donde dormimos Ansurio y yo, las chamacas (María y Socorro) duermen en otro cuarto, y los niños (Pedro y Jesús) en otro; la que está a la entrada, tú ya conoces la casa (que queda a unos 300 metros de donde vivía Chito León). Ansurio ya se había dormido, yo seguía despierta mirando en la obscuridad hacia la puerta (de fierro) de la entrada del cuarto…”

-“Ay no…  de pronto que veo que entra Don Leonardo sin abrir la puerta, era Él, yo lo conocí muy bien y sabía que estaba muerto… No no no… espérame -respiró profundo-, si recaigo con esta fregadera de los nervios tú vas a tener la culpa… Entró, se me acercó, era sólo una sombra pero tenía rostro y era el de Chito León… yo me quedé paralizada por el miedo y luego sentí un aliento frío junto a mi oreja, la derecha porque estaba yo en la orilla de la cama, Ansurio estaba del lado de la pared, y que me dice algo… No, no tienes idea de lo que se siente, nunca la tendrás…”

-¿Y qué coño te dijo pues?

Se me quedó viendo mi prima (política, esposa de mi primo hermano) con una mirada fija, penetrante, como diciendo “este buey va a pensar que estoy loca”. Se armó de valor y soltó la sopa:

-“Pues dijo que en al patio de su casa había dejado un dinero enterrado, que en una esquina, donde se juntan la barda que da hacia el rancho y el muro de la cocina, donde comenzaba una pequeña jardinera que había al pie de esa barda y que llegaba hasta donde estaba el horno…”

-¿Y qué más?

-“Pues… que lo sacara yo, que le llevara 10 pesos a la Virgen del Rosario en Totatiche, que le diera otros 10 pesos a Chila (monedas de oro se usaban aún en aquella zona a principio del Siglo XX) y que el resto era para mí… ¿Ya?, ¿con eso o quieres más?”

-Más. ¿qué pasó después?, desapareció… qué pasó…

-“Pues qué pasó, que desapareció, ya no tuvo ni qué atravesar la puerta para salir, simplemente desapareció. Y yo me quedé como en shock, fría, helada del susto, tuvieron que pasar unos minutos para poder reaccionar, y cuando sentí que podía moverme y hablar empecé a darle codazos a Ansurio: ¡Ansurio! ¡Ansurio! despierta, acaba de estar aquí tu tío Leonardo, Chito León, despierta… -¿Mmmm? qué carajos te pasa -me dijo- estás soñando, ya duérmete-. No Ansurio, entró Chito León al cuarto. -Déjame dormir chingao, mi tío Leonardo hace años que se murió -me volvió a contestar-, te estás volviendo loca…- Que no, que acaba de estar aquí y me habló, estoy muy asustada. -¿Ah sí?, ¿y qué te dijo?- Que dejó un dinero enterrado… -Ta bueno pues, mañana me cuentas y lo desenterramos, pero ya cállate y déjame dormir-.”

-“No me creyó. Al día siguiente le platiqué los detalles pero no me creyó. Hasta que vio que me enfermé de los nervios, que no podía yo comer, que me temblaban las manos y que me empecé a poner pálida, amarilla, entonces me empezó a creer y me llevó con el médico, me dieron tranquilizantes y pastillas para dormir, pero no me aliviaba, hasta que empecé a tomar un te de varias hierbas que me dijo una señora, apenas estoy saliendo…”

-Oye… ¿y si buscamos el dinero?

-“¡Yo no!, yo no quiero saber nada de eso. Si quieres escarba tú, pero yo no quiero ni acercarme a la casa donde vivía Chitó León”.

-¿Y si escarbo y encuentro algo?, ¿cuánto me vas a dar…?

-“Te digo que yo no quiero nada de eso, escarba si quieres y si encuentras algo pues buena suerte para ti. ¡Yo ni maiz…!

Pues ahí vamos. Una semana después mi compadre Conrado y sus hijos, mi hermano y yo salíamos a las 5 de la mañana de Guadalajara y a las 9 ya estábamos en el rancho para desayunar y empezar a escarbar. No llevábamos picos ni palas pues en cualquier casa del rancho hay eso y todo tipo de herramientas, así que luego del café, los frijoles, el queso y las tortillas hechas a mano, nos dirigimos a la casa de Chito León, que como ya dije quedaba a unos 300 metros de la casa de mi primo.

Nos aguardaban dos noticias, una buena y otra mala. La buena era que nadie había escarbado aún en el punto donde según Socorro le había dicho mi tío Leonardo que había dejado el dinero enterrado; la mala, que en dicho punto, donde se juntaban la barda del lado derecho de la casa y uno de los muros de la cocina, ya se había derrumbado un pedazo de éste y en la mera esquina, donde comenzaba el arriate que servía de jardín, había un montículo de tierra, endurecida ya por el tiempo, tanto que sobre él había ya hierbas y zacate. Habría que escarbar el doble o más, primero para retirar esa tierra compactada ya por los años, el viento y la lluvia, hasta llegar al nivel que tenía el piso originalmente, y de ahí hasta donde estuviera la vasija o recipiente con el dinero enterrado.

Llegó el medio día, la hora de comer casi, y el pico y la pala apenas habían retirado la mayor parte del derrumbe. Mi hermano y mi compadre manejaban dichas herramientas en forma febril, éste me decía que no me hiciera pendejo, que les ayudara (porque yo nomás los dirigía, para eso siempre he sido bueno y no dejaban de echármelo en cara), pero yo prefería tomar fotos y anotar los detalles para redactar luego una crónica de la búsqueda, me interesaba más -según yo- narrar lo sucedido que el dinero que pudiéramos hallar. Nos hablaron de la casa vecina (la de mis parientes) que ya nos fuéramos a comer y ellos no quisieron, estaban tan emocionados porque ya habían llegado al nivel del piso, que prefirieron seguir en busca del dinero que comer (creo que eso les pasa a muchos, que les gana la ambición). Yo me fui a comer y a platicar al mismo tiempo con mi prima Socorro y con mis sobrinas -ya grandecillas y muy guapas las dos- acerca de Chito León.

Cuando regresé al lugar de la excavación, uno de los hijos de mi compadre me platicó que del agujero les había salido un monstruo. Era un tlacuache, según me aclaró su papá, pero como son éstos unos animales tan feos, el chamaco exageró diciendo que era un monstruo. Llevaban perforados ya unos 20 centímetros bajo el nivel original del suelo y seguían cavando vigorosamente, sudaban como condenados y jadeaban pero no paraban, ya se veían ricos…

Unos tres cuartos de hora después, poco antes de las 4 de la tarde cuando el hoyo medía ya unos 40 centímetros de profundidad, uno de ellos (no recuerdo cuál) gritó ¡Aquí hay algo! y corrimos todos a ver. Se veía parte de un plástico rojo, grueso, de aquellos que servían antes como manteles para las mesas, floreados, aunque éste ya estaba más bien despintado por el tiempo. Cubría lo que parecía ser la boca de un cántaro... ¡Coño! Por fin saldríamos de pobres.

Les sugerí, no les ordené -porque de por sí ya tenían la idea de que yo sólo era bueno para dirigir pero no para trabajar- que le escarbaran todo alrededor del cántaro sin despegarle siquiera el plástico, para no romper ni una cosa ni la otra y que no se nos fuera a perder ni una moneda. Ja, trabajaron un rato más, con más ahínco y con más cuidado, ya sin el pico y la pala sino con una especie de cucharita jardinera y con las manos para no correr el riesgo de que se fuera a romper el cántaro, hasta que éste quedó casi libre y se pudo sacar íntegro, cosa que hizo mi compadre con emoción indescriptible, que por supuesto compartíamos todos...

-Acá -le dije- sobre esta piedra, déjalo caer para que se rompa como piñata, y háganse a un lado los demás para que se vea bien en la foto el momento en que brotan las monedas de oro, o de plata o de lo que sean, el tesoro pues…

Así lo hizo mi compadre. Con aquella solemnidad que levantó el pesado cántaro del tesoro y lo dejó caer luego sobre la piedra… Nos quedamos no sé si estupefactos o como estúpidos, cuando del cántaro hecho pedazos brotó sólo una arena amarilla muy fina, de la llamada de río, cosa muy rara porque en aquella región del norte de Jalisco no existía ni existe ningún río cuya corriente sea permanente, como no sea el río Chimaltitán que queda muy lejos de ahí, los demás son sólo pequeños ríos o arroyos de temporada que se forman cuando llueve y luego desaparecen la mayor parte del año, en éstos no existe en las orillas esa llamada arena de río, ni de esa ni de ninguna otra, sólo piedras y si acaso lodo en algunas partes. ¿De dónde agarraron pues esa arena para llenar ese cántaro?

Y además el mismo estaba asentado sobre unos ladrillos, y como ya dijimos cubierta su boca con un viejo plástico rojo y a unos cuarenta centímetros de profundidad. Una maceta no era. Pero… ¿para qué enterrar un cántaro lleno de arena de río? Nunca lo supimos y creo que jamás lo sabremos. Nos regresamos a Guadalajara desconsolados, frustrados, cansados los que escarbaron, pero sobre todo desconcertados, intrigados acerca de por qué estaba ese cántaro enterrado ahí, lleno de arena de río, justo en el lugar donde según mi prima Socorro le dijo el difunto que había dejado un dinero enterrado…

Tiempo después -según me contaron en el rancho- al caminar por ahí, por donde pasaba un arroyito -un insignificante hilo de agua que se formaba durante las lluvias-, muy cerca de donde buscamos el dinero enterrado y de donde rompimos el cántaro, un hombre pobre se encontró un par de monedas de oro que brillaban entre la muy poca agua de la corriente.

Esto último no me consta. Lo de la búsqueda y su resultado sí, juro que es cierto. Y lo de la aparición del difunto y lo que le dijo a mi prima se lo creo a ésta, porque Socorro Delgado es una persona muy seria, incapaz de decir una mentira y mucho menos de inventar una historia tan macabra, cuyo tema central coincidiría después con el hallazgo del mentado cántaro enterrado en el lugar preciso indicado. ¿Qué pasó? no lo sé, fue ésta una de las varias cosas raras que me han pasado, a las que no les he encontrado explicación y que me hacen pensar que no todo termina con la muerte, que hay algo después de esta vida, algo que no conocemos y que a no pocos los hace creer en un cielo y un infierno, bueno, hasta en un purgatorio que para mí lo ha inventado la iglesia, lo mismo que el poder de los santos. Pero bueno, por lo mismo la gente cree y reza. Muchos rezamos, algunos como loros, otros con cierta convicción y la mayoría sin mucha fe. Pero a todos nos intrigan esas cosas inexplicables. (Si usted conoce alguna historia parecida cuéntemela, para enriquecer esta serie).

Le contaré de cómo luego del hallazgo de unos huesos humanos, la Policía Judicial supo en unas horas quién era el hombre al que pertenecían, que había sido asesinado, por qué y por quién, y dónde se encontraba escondido el asesino, que al día siguiente fue detenido.


PD.- En el ayuntamiento de Tepatitlán el Oficial Mayor cree tener más autoridad que el Presidente Municipal. ¡Cuidado!

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