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Hacia una pastoral de la misericordia

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Por Oscar Maldonado Villalpando

En este año santo de la Misericordia, en su Bula Pontificia Misericordiae Vultus, el Papa Francisco nos recuerda que  «La misericordia es la viga maestra de la Iglesia»  y  «Ante la gravedad del pecado Dios responde con la plenitud del perdón», porque la misericordia es el encuentro de Dios con el hombre.

En su viaje pastoral a nuestro país, el Santo Padre nos dio un mensaje aleccionador al ejemplificar cómo se vive la misericordia y hacerla el centro de nuestra vida cristiana, recordándonos que Jesucristo es el amor misericordioso del Padre; en sus diversos discursos y encuentros con distintos grupos, insistía en que la vida de un cristiano se mide en el amor que derrama hacia sus hermanos, dejando a un lado y para siempre nuestro egoísmo e intereses personales.

Nuestro Señor Jesucristo nos dice tajantemente  «Misericordia quiero y no sacrificios»  (Mt. 9, 13) y San Juan de la Cruz nos recuerda también que  «Al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor». Es precisamente el amor y la misericordia que vivimos para con nuestro prójimo el criterio que Dios tomará en cuenta para otorgarnos la vida eterna, y qué mejor pastoral podemos desarrollar en nuestra familia, con nuestros amigos, en nuestra comunidad, con nuestros enemigos, que la de vivir el amor del Padre, un anticipo del cielo en la tierra.

Una forma práctica de vivir la misericordia como creyentes conscientes de nuestro bautismo, es acudiendo a las dolencias de las personas más necesitadas y olvidadas de la sociedad, como son los presos, los enfermos, las madres solteras, los ancianos abandonados en los asilos, los matrimonios en situaciones irregulares y todos aquellos que por alguna situación se sienten excluidos o rechazados por la Iglesia. Acerquémonos con un trato directo y personal, abierto a la escucha, y lo más importante: amando con el Corazón Misericordioso de Jesús.

Cada uno, comprometido desde su vocación, lograremos vivir una pastoral de la misericordia: los sacerdotes con un corazón de Buen Pastor dispuesto a perdonar, escuchar y guiar, entregados a tiempo completo en su ministerio, dejando a un lado sus comodidades y saliendo al encuentro de la oveja perdida, consciente de su identidad de ser otro Cristo; los religiosos y religiosas, cada uno desde su carisma particular enriqueciendo a la Iglesia con los dones que el Espíritu Santo ha suscitado, sirviendo alegremente y con un corazón magnánimo; los padres de familia, desde su hogar educando y afrontando cristianamente las ofensas del mundo y los problemas de cada día; los estudiantes formándose con recta intención, para contribuir al bien común en la sociedad; los empresarios buscando que sus trabajadores tengan lo necesario para vivir con dignidad, viendo a las personas no como medios orientados a sus propios intereses, sino cada una como un fin en sí misma.

El Papa Francisco insiste en que para buscar el bien común, en muchas ocasiones  «es necesario perder para que todos ganen». Es necesario saber renunciar, morir a nuestros gustos y egoísmo para vivir una autentica vida de comunidad.    

Tenemos una gran misión: traspasar las fronteras de la indiferencia y ponernos en acción para anunciar el Reino de Cristo con un rostro misericordioso, no juzgando, sino amando; saliendo de nosotros mismos y entregándonos sin medida.  «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y    manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias comodidades» (EG 49).


Que Santa María de Guadalupe, en este jubileo extraordinario de la Misericordia, interceda por nosotros para que todas nuestras comunidades eclesiales en Cristo tengan vida y seamos un reflejo del amor del Padre.

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