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Sencillos como palomas

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Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

Cuenta una antigua leyenda, que en la Edad Media un hombre muy virtuoso fue injustamente acusado de haber asesinado a una mujer.

En realidad, el verdadero autor era una persona muy influyente del reino, y por eso, desde el primer momento se procuró un chivo expiatorio para encubrir al culpable. El hombre fue llevado a juicio ya conociendo que tendría escasas o nulas esperanzas de escapar al terrible veredicto: ¡La horca!

El juez, también comprado, cuidó no obstante, de dar todo el aspecto de un juicio justo, por ello dijo al acusado:

“Conociendo tu fama de hombre justo y devoto del Señor, vamos a dejar en manos de Él tu destino: Vamos a escribir en dos papeles separados las palabras ‘culpable’ e ‘inocente’. Tú escogerás y será la mano de Dios la que decida tu destino”.

Por supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda: ¡CULPABLE!

Y la pobre víctima, aún sin conocer los detalles, se daba cuenta que el sistema propuesto era una trampa. No había escapatoria. El juez ordenó al hombre tomar uno de los papeles doblados. Este respiró profundamente, quedó en silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados, y cuando la sala comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y con una extraña sonrisa, tomó uno de los papeles y llevándolo a su boca, lo engulló rápidamente.

Sorprendidos e indignados, los presentes le reprocharon... pero, ¿qué hizo?, ¿y ahora?, ¿cómo vamos a saber el veredicto?

"Es muy sencillo- respondió el hombre- es cuestión de leer el papel que queda, y sabremos lo que decía el que me tragué”.

Con una gran cólera disimulada, el juez y sus compinches tuvieron que liberar al acusado y jamás volvieron a molestarlo.


Moraleja: Sea creativo, cuando todo parezca perdido, use la imaginación.

Hay que saber siempre usar la imaginación sobre todo cuando se trata de la justicia, porque el hombre de la leyenda, si se hubiera intimidado, no habría evitado que lo mataran.

Pidamos a Dios saber ser sencillos como palomas, pero astutos como serpientes.

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