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Los daños de la envidia

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Por el padre Miguel Ángel
padre.miguel.angel@hotmail.com

La envidia es vergonzosa e inconfesable, pero está muy extendida entre nosotros. 
En los niños aparece con más claridad porque todavía no han aprendido a disimularla. Los adultos sabemos disfrazarla mejor y la ocultamos de varias maneras bajo forma de desprecio, críticas o necesidad de superar siempre a los demás. 

La envidia es un proceso a veces muy complejo y escondido, que puede hacer a la persona muy desgraciada, incapacitándola de raíz para disfrutar de la felicidad. 

El envidioso nunca está contento consigo mismo, con lo que es, con lo que tiene. Vive resentido. Necesita mirar de reojo a los demás, compararse, añorar el bien de los otros, estar por encima. Además nuestra sociedad nos empuja a desarrollar nuestras relaciones interpersonales como una competencia.

Desde niños se nos enseña a rivalizar, competir, ser más que los demás. Hay personas que terminan viviendo toda su vida con una actitud de competencia. No piensan más que comparándose. Inconscientemente, se sienten con la obligación de demostrar que son los más inteligentes, los más hábiles, los más seductores, los más poderosos. Los medios que utilizan para ello, es demostrar que tienen más que los demás, mejor carro, mejor casa, mejores viajes, etc. 

No lo decimos, pero en la raíz de muchas personas dedicadas a ganar siempre más y a conseguir un nivel de vida siempre mejor, sólo hay un incentivo: LA ENVIDIA. Sin embargo el que mira con envidia a los demás, no disfruta de lo que tiene. Por mucho que tenga, siempre brotará en su interior la insatisfacción, el sufrimiento que corroe por dentro al ver que los otros ¨tienen¨ tal vez más. 

El evangelio de hoy nos muestra la diferente reacción de Jesús ante los fariseos que sólo viven para aparentar, sobresalir y aprovecharse de los débiles, y ante una pobre viuda que sabe desprenderse incluso de lo poco que tiene para ayudar a otros más necesitados.

Caín en la Biblia aparece como el modelo de todos los envidiosos que al notar la preferencia de Dios para su hermano Abel por sus buenas obras, se decidió darle muerte.

También son ejemplo de gente envidiosa los hermanos de José, hijo de Jacob, quienes por envidia vendieron a su hermano por 25 monedas.

¡No hay que ser gente envidiosa!

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