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Mi Cristo de cobre: que coja la luz y vaya por delante

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• Los anhelos del poeta Alfredo R. Plascencia

Por Oscar Maldonado Villalpando
  
En el poema nos dice lo que pide al momento de la muerte, lo que desea para su despedida del mundo.

El poeta nace en Jalostotitlán en 1875. Ingresa al Seminario de Guadalajara, e hizo sus estudios con limitaciones y pobrezas. En 1899, es ordenado sacerdote. Le correspondió declamar sus poemas al Excmo. Señor Arzobispo don Pedro Loza y Pardavé. Su participación era indispensable en los festejos literarios del Seminario.

Una vez ordenado recibe su destino en distintas poblaciones alejadas.

Fue canónigo penitenciario en Guadalajara en 1922. Párroco en el Valle de Guadalupe, en Temacapulín, ahora por desaparecer, en San Juan de los Lagos. No todo es negativo en sus destinos. Al parecer se ha acentuado que fue marginado por los superiores, pero más bien se le tuvo paciencia para ayudarlo en sus grandes problemas. Sus diferencias con los superiores fueron frecuentes, se habla de haber sido desterrado a E.U. y al Salvador.

En 1929 volverá a Guadalajara donde permanecerá hasta 1950 en que fallece.

Sus influencias son la Sagrada Biblia, los clásicos griegos y latinos. Sus poemas están centrados en torno al silencio de Dios ante las angustias, que no da respuesta a la existencia del mal y del sufrimiento en el mundo.

Sus libros son el Paso del dolor. 1924.

Del cuartel y del claustro. 11924. Dedicado a sus dos hermanos: Uno Militar y la otra religiosa.
El libro de Dios.1924.

Vale la pena detenernos en este poema que expone las aspiraciones del poeta para la última hora.
  
Nos hace el resumen.
  
¿Para que más fortuna
que mi lecho de pobre,
que mi rayo de luna,
y mi alondra y mi alero,
y mi Cristo de cobre,
que ha de ser lo primero?
  
Habla de un Cristo de cobre agonizante.
Que tome la luz y valla por delante.
  
Esto es lo central del poema, pues en esa hora postrera, en la inmensa soledad y el olvido, que él prevé, el poeta confía en ese Cristo de la devoción original y popular, que tome la luz y valla por delante, así disipa todo temor a lo desconocido. Es como el niño que es guiado por su padre en la obscura noche. Ese padre que coge la luz y lo guía por un camino seguro. Es una idea práctica, cercana, sensible para todo ser humano. Necesitamos esa luz, esa guía en esta vida. Podemos ser también luz   para los jóvenes, guía para los demás. Pero, más que nada, esa luz es imprescindible a la hora de partir de este mundo.
  
Mi Cristo de cobre
  
Quiero un lecho raído,burdo, austero
del hospital más pobre, quiero una alondra que me cante en el alero;
  y si es tal mi fortuna
que sea noche lunar la en que muero,  
entonces oíd bien   qué es lo que quiero:
Quiero un rayo de luna
pálido, sutilísimo, ligero….
De esa luz quiero yo; de otra, ninguna.
  
Como el último pobre vergonzante
Quiero un lecho raído,
En algún hospital desconocido,´
y algún Cristo de cobre, agonizante, y una tremenda inmensidad de olvido que,/   al tiempo de sentir que me he partido,
coja la luz y vaya por delante.
Con eso soy feliz, nada más pido.
  
¿Para que más fortuna
que mi lecho de pobre,
que mi rayo de luna,
y mi   alondra y mi alero,
y mi Cristo de cobre,
que ha de ser   lo primero?
Con toda esa fortuna.
Y con mi atroz inmensidad de olvido contento moriré, nada más pido.
  
Padre Alfredo R. Placencia.

Jalostotitlán. 1875-1950.

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