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Marginal de la Fiesta Patronal

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Por Oscar Maldonado Villalpando
  
Desaforados, escandalosos, borloteros y agresivos suben los cohetes surcando el cielo, dejando abajo las gentes y sus casas, el jardín y el templo y, al mismo tiempo, llevándose todo para arriba, especialmente el pensamiento, la devoción, la fe y el ánimo. Rasgan el silencio, truenan sobre las apacibles calles. ¡Es la fiesta!

Las monacales calles de paredes igualmente silentes, otrora pacíficas y, casi a todas horas desiertas, se recomponen y llenan de novedad en estos días. Las ventanas ahora reparten sonrisas al paso presuroso de los fieles cristianos bañados y peinados. Los días del retorno, los días de regresar al abrazo de ayer, al recuerdo querido, al amor familiar. Y como dijera el poeta sacristán de México, don Ramón López Velarde, el corazón se amerita, se acrecienta, florece y refulge, porque es un imán que, acá junto a la Virgen bienamada, encuentra su polo orientador.   ¡Brújula vigente, inconfundible e imperturbable!

Campanas que suenan en la imaginación, en la memoria. Tiempo señalado de fortalecer la sustancia de cada hijo de esta tierra, cada cual aumenta su voltaje, su intensidad y se apersona ante la historia.
En la campiña del alma, las devotas manos encuentran flores que conforman en regalo y   ofrenda, la bondad que se da en todo tiempo. Y de eso se conforma el decoro del palacio de reina que es el templo.
  
Los ausentes
  
Vienen de lejos, los que otros tiempos vieron, los que vivieron aquellas cosas que están el el subsuelo de nuestra propia historia, ellos, como pueden, como están, cumplen el juramento y llegan, dejando por allá, en suspenso esa función convencional que han adoptado, vuelven para ser ellos mismos, vuelven con su sed de identidad, vuelven porque eso es preciso.

Ellos son gozo porque han triunfado, porque han salido adelante. Y vienen a reclamar su lugar de siempre. Al mismo tiempo ponen su voluntad para que la fiesta brille, para que el templo se engalane, para que el castillo luzca sus mil colores de fantasía, magia se revuelve en la noche y que girando se pierde en su intento de llegar a las estrellas y se derrama como lluvia de bendiciones

La noche insólita, la noche especialísima. La borrachera de colores, la lluvia de las luces, los coloridos embrujadores. Una noche en que todo se sale de su apaciguamiento. El castillo, las luces. El baile de gala. La noche crece, se alarga la vigilia, ¡nadie se quiere ir! La noche se avecina a la aurora.
Amanece y la esquina vende un sol delicioso, apetecible, sincero, reconfortador y necesario. Es la mañanita del día siguiente.

¡La barata, los puestos amenazan con irse y es preciso dar un largo recorrido aunque sea nomás por ver, que no se paga! Dulces, fruta de horno, chucherías y juegos dan la última oportunidad.
  
El punto final y la despedida
  

Es una noche de despedida, se va la fiesta, se van los cantos, se van los norteños, los ausentes, se va la bulla. Un leve vientecillo de nostalgia se mezcla con las músicas que no saben de finales, en el jardín los noviazgos dan la vuelta presagiante, algo que aprieta   levemente el centro del pecho, se impone un trago.

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