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Por qué no somos campeones

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 Ahora que está de moda el tema deportivo, gracias a las Olimpiadas en Río de Janeiro y teniendo como pretexto los pésimos resultados que ha tenido, hasta ahora, la delegación mexicana en las competencias desarrolladas en la primer semana de dichos juegos. Vale la pena ponderar lo que hacemos, desde pequeños rincones como los pueblos alteños, para abonarle al fracaso nacional en fomento deportivo.

 ¿Cómo podríamos alcanzar medallas olímpicas en deportes que no se fomentan entre los niños?, Podemos gastar saliva, tinta e hígado por la falta de resultados entre los llamados deportistas de élite. Lo cierto es que no podemos aspirar a ganar nada en las competencias deportivas, cuando las políticas públicas, desde los pequeños pueblos, son miserables en la promoción deportiva.

 Como ejemplo, podríamos mencionar lo que ocurre en Tepatitlán, aquí los “promotores deportivos” del Gobierno ganan sueldos promedio de 8 mil pesos mensuales para impulsar el deporte, pero no tenemos una estrategia global, un programa, un seguimiento, en ninguna disciplina. Aparecen en la nómina 12 personas cobrando quincenas como impulsores del deporte desde unas oficinas del Gobierno municipal. Pero esas mismas personas laboran en otros lugares, atienden otros temas. Seguramente terminan cansados, en uno o en otro trabajo. Y no se trata de cuestionar a las personas, lo que debemos hacer es preguntar qué hacen, cómo desquitan su sueldo y qué aspiramos tener en áreas deportivas con un reducido equipo de personas que no están al ciento por cien enfocados en “su tarea” de ordenar, de organizar, de empujar el deporte.

 Y si nos enfilamos a la infraestructura, es más desastroso el panorama. Escasean las canchas deportivas. Todas cuestan al usuario. El aspirante a deportista debe pagar hasta por ingresar a la Unidad Deportiva. Para pertenecer a una escuela deportiva, debe pagar, si tiene talento y su familia no tiene economía suficiente, compartirá su talento con la necesidad laboral para “mantenerse”.

 Las clases de educación física en las escuelas son anacrónicas, desvinculantes. Son ridículas las estrategias de los planteles educativos para identificar potenciales medallistas.

 Si acaso alguien logra demostrar su talento deportivo, debe someterse luego a los juegos perversos de pertenecer a alguna federación, dirigida por líderes charros que en muchas ocasiones su única meta es sangrar al presupuesto oficial, colocar a sus amigos y compadres o, hacer turismo con presupuestos para el deporte.

 Si, como garbanzo de libra, encontramos a alguien en el deporte nacional que sobresale del promedio, lo echamos a perder, dándole contratos millonarios para anunciar cereales, bebidas, telefónicas o televisoras. La fama pues, que termina con el talento deportivo, lo convierte en imagen social y la sepulta con horneadas de aplausos en las discotecas o los antros. En fotos “pa´l feis”.

 Por eso, durante esta semana, al ver a los clavadistas, a los halterófilos, a los boxeadores y hasta a los futbolistas, fracasar en las Olimpiadas de Río de Janeiro, no nos extraña nada.

 No podemos aspirar a tener deportistas de alto rendimiento cuando lo que sembramos son escuelas del menor esfuerzo, compadrazgos que pagan con sueldos apoyos electoreros, educación física que termina con una gaseosa a la hora del recreo y con una política pública sin presupuestos o con dinero raquítico que sólo sirve para las medallas y los trofeos de competencias piteras dignas de kermeses de pueblo. Con todo respeto para la gente que hace un gran esfuerzo organizando kermeses a beneficio de la gente pobre…

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