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Jesucristo disfrazado

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Por el padre Miguel Ángel Pérez Magaña
padre.miguel.angel@hotmail.com

El abad se preocupó, porque su monasterio que había visto tiempos de esplendor, cambió radicalmente: la gente ya no acudía, ya no había candidatos a ingresar y la capilla muy silenciosa. 

Acudió a un anciano obispo que tenía fama de ser hombre muy sabio. "¿A qué se debe esta triste situación?, ¿pecamos?". A lo que el viejo respondió: "Sí. Han cometido un pecado de ignorancia. El pecado de ignorancia. El mismo Señor se ha disfrazado y está viendo en medio de ustedes, y ustedes no lo saben". 

¡El abad no podía creerlo! ¡El mismísimo Hijo de Dios estaba viendo ahí en medio de sus monjes! ¿Cómo no había sido capaz de reconocerle? ¿Sería el hermano sacristán, el cocinero o el administrador? ¡No, ellos no! Ellos y todos tenían demasiados defectos. 

Cuando llegó al monasterio, reunió a sus monjes y les contó todo. Los monjes se miraban incrédulos unos a otros. ¿Jesucristo... aquí? ¡Increíble! Claro que si estaba disfrazado... Entonces, tal vez... Podría ser Fulano. ¿O Mengano? ¿O...? 

Una cosa era cierta: Si el Hijo de Dios estaba allí disfrazado, no era probable que pudieran reconocerlo. De modo que empezaron todos a tratarse con respeto y consideración, a verse. El resultado fue que el monasterio recobró su antiguo ambiente de gozo desbordante. Pronto volvieron a acudir decenas de candidatos pidiendo ser admitidos en la Orden y en la capilla volvió a resonar el jubiloso canto de los monjes, radiantes del espíritu de amor.


Así como en aquella casa de monjes, también en nuestros pueblos y ciudades está Jesucristo disfrazado. A veces de jardinero, también se disfraza de vendedor de chicles y dulces, en algunos ocasiones de pordiosero, pero lo importante es tratar bien a todos y así conseguiremos la verdadera paz y alegría que nos hará vivir a todos, muy felices y contentos, sabiendo que Cristo está n medio de nosotros.

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