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Muerte al maleante

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Nunca imaginé que algún día estaría yo de acuerdo en que alguien le diera muerte a otra persona.

 Condenaba yo incluso que durante la Revolución Cristera y al grito de ¡Viva Cristo Rey!, los defensores de la religión católica mataran a otras personas.

 Especialmente algunos sacerdotes, como el Padre Pedroza y el Padre Vega que, pensaba yo, se olvidaron del Quinto Mandamiento que ordena: No matarás.

Tenía yo entendido que en el Monte Sinaí, donde se supone que Dios le entregó a Moisés las Tablas de la Ley con los diez mandamientos, uno de estos decía simple y llanamente, categóricamente: “No matarás”.

No decía: No matarás, excepto cuando esto y aquello, cuando ataquen -por ejemplo- a la iglesia que va a venir a fundar mi hijo en la tierra. No, decía simplemente no matarás.

Por eso estaba y estoy en contra de la pena de muerte, que no impide que se cometan más delitos graves donde se aplica, y que en un país de corruptos como el nuestro se prestaría a cometer graves injusticias.

Por supuesto que el terrorismo de los fanáticos del Islam, no de todos los musulmanes, sino de los criminales fanáticos que asesinan en nombre de Alá, es a todas luces condenable por donde se le vea.

Nadie, se supone, tiene derecho a quitarle la vida a otra persona, sólo el que se la dio, pero…

 Todas esas son consideraciones de tipo moral y para tiempos normales. Seguramente los curas Vega y Pedroza consideraron que los de la Cristiada no eran tiempos normales y que estaba justificado matar.

Pero eso fue hace 90 años. Si estaba justificado o no ya es historia. Lo que no ha pasado a la historia aún, es lo que estamos padeciendo los mexicanos en lo que va del nuevo milenio.

Todo en este país ha entrado en un estado de descomposición tal, que tenemos la seguridad de que, otra vez, ya no son tiempos normales y que para sobrevivir es necesario que algunos mueran.

En cualquier noticiero que usted vea o escuche, todas las noticias son acerca de asaltos, secuestros, robos, narcotráfico, balaceras, levantones, tortura, ejecuciones, gobernantes ladrones, corruptos, desviación de recursos, enriquecimiento inexplicable, asociación delictuosa, tráfico de influencias, saqueo, impunidad…

No hay gobierno, ni ley, ni quien la aplique, es corrupto el policía, el municipal, el estatal, el federal, el investigador, el agente del ministerio público, el juez, el magistrado, el presidente del supremo tribunal fue antes asaltante y asesino; el alcalde, el gobernador, el presidente de la República, no hay nadie en quién confiar…

 Y los criminales que no están en el gobierno, los ladrones, asaltantes y secuestradores lo saben, que no hay quién los castigue, que le pueden quitar a cualquiera lo que tenga (y hasta lo que no) con toda impunidad.

 Saben que si llegan a ser detenidos los sacará de la cárcel un agente del MP corrupto, o un juez corrupto, o alguna organización de los derechos humanos que para eso existen, para defender a los delincuentes y no a las víctimas.

¿Qué está provocando esto?, bueno, que los ciudadanos estén tomando cada vez más la justicia en sus manos. Tan sólo el mes pasado hubo 30 linchamientos en diferentes estados, casi la mitad de los 63 que se registraron durante todo el 2015.

 En febrero se dio a conocer el caso del gallero Jorge Aduna, quien tras ser víctima de la delincuencia durante varios años, no toleró que en el 2015 robaran y violaran a una de sus familiares y decidió no dar aviso a las autoridades. Él mismo secuestró y asesinó a seis personas que identificó como criminales. Las investigaciones arrojaron que se equivocó y mató a dos inocentes, por lo que ahora está en la cárcel.

 El 4 de mayo en Cárdenas, Tabasco los pobladores intentaron matar al asaltante de un carnicero. Sólo hasta ese mes en aquel Estado se registraron 49 linchamientos, cuatro veces la cifra del 2015.

El 24 de mayo en Santiago Atlaltongo municipio de San Juan Teotihuacán, tres personas fueron retenidas por el pueblo luego de ser acusadas de secuestrar a un joven de 17 años, un hombre y una mujer murieron linchados y el tercero resultó con heridas de gravedad.

El 12 junio en la carretera México-Pachuca un delincuente mató por error a su compañero, los pasajeros aprovecharon, lo encararon y lo mataron a golpes. Hasta ese momento en el Estado de México habían muerto ya 16 pasajeros y 7 delincuentes en intentos de asalto al transporte público.

El 17 de agosto se repitió la historia, dos asaltantes subieron a un autobús en Naucalpan, pero fueron sorprendidos por un pasajero que les disparó y los mató. Un militar confesó ser el responsable de los hechos.

 El 24 de agosto en Actopan Hidalgo los tianguistas intentaron linchar a un delincuente. Y el 3 de octubre en Aguascalientes tres mujeres mataron a golpes a un hombre que entró a su casa a robar.

 Hace unos días fueron encontrados cuatro cuerpos a orillas de la carretera México-Toluca, les dio muerte un vengador anónimo, que luego de devolver a los pasajeros sus pertenencias se fue con rumbo desconocido.

Otro justiciero (así les están llamando ya), en Irapuato, Guanajuato tras presenciar un robo persiguió y les disparó a los ladrones.

Se está poniendo de moda hacer justicia por propia mano, a través de castigos, humillaciones y en el caso más extremo cortarles las manos a los ladrones como sucedió en Tlaquepaque, o de plano darles muerte a los asaltantes, práctica que está cobrando fuerza en varias ciudades del país.

Hace sólo tres días en Huatabampo, Sonora un grupo de  motociclistas obligó a tres mujeres a caminar desnudas por las calles del centro de esa ciudad, porque presuntamente robaron en un comercio. Vecinos del lugar dijeron que antes de la humillación pública a las féminas, les cortaron a éstas el cabello y les rasuraron sus partes íntimas.

 Normalmente ese tipo de humillación pública o de castigo ejemplar lo llevan a cabo sicarios del crimen organizado en contra de quien traiciona a la banda o le queda a deber; pero lo de linchar y matar a ladrones y asaltantes sorprendidos al momento de cometer el delito, parece ser cosa ya de ciudadanos ajenos al crimen organizado.

 Lo de matar asaltantes a bordo de autobuses del transporte público, podría ser cosa también de un escuadrón de la muerte, integrado posiblemente por militares, por su cuenta o porque recibieron órdenes de hacerlo al ver que no hay otra manera de parar los asaltos, pues si los ladrones llegan a ser detenidos, más se tardan en entrar a la cárcel que en salir.

Sea quien sea que está matando a delincuentes, el asunto es si está bien o está mal, si es necesario o es un exceso y por supuesto que es un delito, si está justificado o no, como cuando dos curas católicos gritaban “Viva Cristo Rey” y ¡mocos!, se tumbaban de un balazo a otro fulano, a veces tan cristiano como ellos pero que le tocó combatir en el bando rival.

¿Estaba justificado entonces?, el soldado que caía del lado del gobierno (como los que caían del lado de los cristeros) ni siquiera le había hecho nada al que le disparó y le dio muerte, nada le debía, ni lo había ofendido siquiera, simplemente obedecía órdenes. Ahora, en cambio, los justicieros o vengadores están dando muerte a quienes le roban a la gente lo poco que trae y que se ganó con su trabajo, su esfuerzo y sacrificio.
   
¿Está justificado que les disparen y mueran cuando son sorprendidos asaltando y robando a la gente?

Para mí sí. Nunca creí que llegaría a pensar así, pero resulta que no hay gobierno ni ley, excepto la Ley de la Selva, la del más fuerte, y la sociedad tiene que ser más fuerte que la delincuencia.


 Hay otra forma de evitar tantos delitos, pero las organizaciones de derechos humanos no lo permiten.

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