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No manipular a Dios

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Por el padre Miguel Ángel Pérez Magaña

Un cristiano muy piadoso rezaba todos los días ante Dios, y todos los días le suplicaba una gracia que deseaba le concediese. Se colocaba siempre, para su oración, en el mismo rincón del templo, y tantos años pasaron y tantas veces repitió su oración que, según cuentan, las señales de sus rodillas y de sus pies quedaron marcadas sobre el piso. Pero Dios parecía no oír su oración, parecía no enterarse siquiera de que alguien le invocaba.

Un día, por fin, se le apareció al hombre devoto un ángel de Dios y le dijo: ¨Dios ha decidido no concederte lo que le pides¨. Al oír el mensaje del ángel, el buen hombre comenzó a dar voces de alegría, a saltar de gozo y a contar lo que le había sucedido a todos los que se reunían al verlo. La gente le preguntó, sorprendida: ¨¿ Y de qué te alegras, si Dios no te ha concedido lo que le pedías ?¨. A lo que él contestó, rebosándole el gozo sincero en cada palabra: ¨¡ Es verdad que me lo ha negado, pero, al menos, ahora sé que mi oración llegó hasta Dios ! ¿ Qué más puedo desear ? ¿ Qué me importa el haber recibido o no lo que le pido a Dios? Lo que cuenta es que Dios me oyó, que la oración me puso en contacto con Él¨.

Ése es el sentido auténtico de la oración. Así concebida la oración de petición, es casi independiente de su resultado. En la oración no se trata de manipular, sino rezar convencidos, ya desde el comienzo, que Dios ya nos ha atendido y respondido a nuestras oraciones.

Es muy fácil querer manipular a Dios, es decir, exigirle que nos conceda tal o cual cosa, pero se nos olvida que debemos pedir en la oración sólamente aquellas que sean para la gloria de Dios y para nuestra salvación.

A veces también nos imaginamos a un Dios comerciante, por ejemplo, cuando le decimos “si tu me concedes esto o aquello yo te llevaré una veladora o daré limosna”

Es necesario que confiemos desinteresadamente en Dios.

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