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El banquete inesperado

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Una familia muy pobre de Europa se vio obligada a emigrar a Estados Unidos. Sus amigos y vecinos les regalaron pan y queso el día de su despedida. Eran tan pobres como ellos y no podían ofrecerles otra cosa. Viajaron en barco de vapor confiados en su cabina durante toda la travesía. Todas sus comidas consistían en pan y queso.

Una noche, cuando ya estaban a punto de cenar, el más pequeño de los hijos -tenía nueve años- le suplicó a su padre que le diera unas monedas para comprarse una manzana, porque ya estaba cansado del pan y del queso. El padre a regañadientes se las dio, pero le dijo que volviera inmediatamente al camarote.

El muchacho salió, y como tardaba mucho en volver, su padre angustiado fue a buscarlo. Lo buscó en el comedor y cuál no sería su sorpresa al verlo sentado en una mesa comiendo una gran cena. Lo primero que pensó fue en lo que le iba a costar todo lo que su hijo se estaba comiendo.

Su hijo alborozado le gritó al padre: Papá, lo que nos hemos perdido. Podíamos haber cenado todos los días así, estaba incluido en el pasaje y nos hemos conformado con nuestro pan y nuestro queso...

Nosotros todos los días estamos invitados al gran banquete de la Eucaristía y no nos damos cuenta de este gran regalo del Señor Jesús. Así nos pasa algunas veces cuando pudiendo asistir a la Santa Misa no vamos por pura desidia. También nos puede suceder que yendo a misa nos quedamos sin comulgar con mucha tranquilidad.


Yo acostumbro cuando termino de dar la Sagrada Comunión invitar a las personas que no comulgan para que reflexionen un poco, dándose cuenta de lo que están perdiendo al no acercarse a comulgar, y los exhorto para que a la brevedad posible hagan una buena confesión y no se retiren tanto de comulgar.

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