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Experiencia casi religiosa

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• Fuerte cansancio y más la emoción

• Mucha más gente buena que mala

   No sé qué quiere decir Enrique Iglesias en su canción de que “es casi una experiencia religiosa”, supongo que algo místico, sublime, casi divino, no sé, pero este miércoles me uní un rato a la caminata-peregrinación en honor al Señor de la misericordia y sentí algo parecido. Vi la bondad, la misericordia de mucha gente y me causó una gran emoción, por no decir conmoción.

   Nunca había participado, lo hice esta vez motivado por la presentación el lunes, en el Museo de la Ciudad, de la revista “Sr. de la Misericordia 50 aniversario, peregrinación Guadalajara-Tepatitlán” de mi amigo el médico Miguel Angel Pozos, que narra los orígenes de la caminata y reúne una buena colección de fotografías, incluyendo en la contraportada la de los peregrinos en 1968, el segundo año que se practicaba. Edición que le patrocinó el ayuntamiento que encabeza el Dr. Hugo Bravo, dijo.

   Yo no caminé desde Guadalajara a Tepatitlán, no aguantaría, lo hice sólo desde Paredones a Tepa que es la última etapa, para probar y ver si puedo el próximo año pegarle desde Zapotlanejo. No quería ver el cansancio de la gente ni sus piernas y sus pies lastimados cuando ya no pueden más, eso ya lo había visto una vez que fui a reportear la caminata, quería ver otra cosa…

   Del esfuerzo y el sacrificio que hacen los caminantes ya se ha hablado mucho, lo que poco se ha dicho es de las personas que los esperan a la pasada para brindarles apoyo. Se preguntaba mi esposa al verlo si tendrán el mismo mérito (ante Dios) los que caminan que los que ayudan a los caminantes, o más. Por lo menos el mismo, por lo menos… fue mi comentario al respecto.
  
   Y es que me conmovió que a cada cierta distancia, 200 0 300 metros había alguien, una persona o un grupo, que al pie de un vehículo, o simplemente con una mesita de madera a un lado, le ofrecían al caminante algo, naranjas, plátanos, agua embotellada, café, y le insistían, con la fruta en la mano le decían “tome, lleve, para que agarre fuerza”. En esos momentos pensé (otra vez): Aún hay más gente buena que mala.

   Pero eso no era todo. Pasando Las Motas vi a distancia a un grupo de jóvenes que se detuvieron y se arremolinaban en torno a algo y que algunos se agachaban. Al acercarme vi que ese “algo” era un montón de bastones, cientos de bastones nuevos, fabricados por alguien que no estaba ahí, no había nadie más que los jóvenes que a todas luces se veía que eran peregrinos.

   -¿Qué, los venden? -pregunté, porque igual hubiera comprado yo uno si costaran, digamos, veinte pesos, ya me hacía falta.

  -Pues no, no hay nadie, yo creo que son gratis para los peregrinos -contestó uno de ellos. Escogí pues el mío, regresé sobre mis pasos para presumírselo a mi esposa y a Fabiola que se habían retrasado un poco, y pensé: “que buena onda, qué gran idea apoyar a los caminantes con un bastón que tanta falta hace”. Y sobre todo me conmovió casi hasta el llanto que no había nadie ofreciéndolos, simplemente fueron y los dejaron ahí en tres montones para que los tomaran los peregrinos, esta gente sí que cree aquello de que la mano izquierda no debe saber lo que hace la derecha. Eso es caridad, misericordia…

   Y todavía faltaba… Ya pasaba de las 9 de la mañana y teníamos hambre. Llegamos a un puesto que está antes de la glorieta del huevo donde vendían tacos de canasta, preguntamos cuánto costaban y dijeron que a 9 pesos. Se nos hicieron caros y no compramos, decidimos seguir hasta la birria que venden frente a la Coca Cola, o en todo caso hasta los tacos de barbacoa que venden a un lado de la terminal de autobuses.

   No tuvimos necesidad de comprar nada. Al llegar a la Coca Cola había frente a ésta una larga hilera de carpas, más de diez, pegadas, donde al final, bajo la primera yendo de Tepa, había un grupo de personas, más mujeres que hombres, ofreciendo todo tipo de comida para desayunar: Pozole, tamales, tacos de barbacoa, gorditas, pan dulce, café, agua, fruta… todo gratis por supuesto, y lo ofrecían con vehemencia, invitaban y rogaban a gritos que desayunara uno, hasta los perros callejeros se daban un banquete con las sobras.

   Sonará cursi pero se me formó un nudo en la garganta de la emoción, Dios se los pague, les decía yo desde el fondo del corazón. Por supuesto que ese nudo no me impidió zamparme tres gorditas, un taco (riquísimo), un pan (sabroso también) y un vaso de café. Esas personas ya tienen ganada la salvación, todos los que ayudan hacen tanto o más que los peregrinos, su bondad es manifiesta y algún día estarán en el paraíso al lado de Jesucristo como Éste lo prometió: Estaréis conmigo en el reino de mi padre, porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber…

   Horas después, cuando salí de mi casa para ir al centro de Tepa a recoger a mi hija que estaba trabajando, como a la 1:30 me rebasó una camioneta negra conducida por un hombre joven a gran velocidad, que sólo se detuvo un poco atrás de mí para poder rebasar porque venía alguien en sentido contrario y porque además yo había disminuido la velocidad para dejarlo pasar, pues ya sé qué tipo de personas manejan así, y mientras pasaba a mi lado escuché un pedacito de la canción en su radio: “Piches mataperros, donde los encuentre, los voy a matar” o algo así.

   Pobre gente -pensé-, lo único que tienen es armas y rencor, y dinero a veces pues son unos pobres sicarios que se creen los dueños del mundo y que se mueren en cualquier momento, en el primer enfrentamiento a veces, hasta ahí llegan los “pinches mataperros”.

   O sea que el mismo día, con diferencia de sólo unas horas vi lo mejor y lo peor de la humanidad: la bondad, la generosidad, la solidaridad, la misericordia de la gente buena, que insisto es más que la mala; y la maldad, el odio, los deseos de matar, de asesinar, de la gente mala y desalmada, vacía, que no piensa más que en hacer el mal, y que son los menos, insisto. Vi ese día en unas horas, a unas 100 personas buenas y a un malandro.
 
   Y eso sin contar con que tres días antes había visto a un grupo de gente celebrar el X Aniversario del Banco de Alimentos, entre ellas a don Salvador González Ibarra, uno de los fundadores y principales impulsores de esta Asociación, que da de comer a cerca de 3,500 familias de la región que carecen de todo. El mundo tiene remedio aún.

PD.- Gracias al director de Cultura del Municipio, Francisco Sandoval; y al del museo, Norberto Servín por sus atenciones. Y Felicidades a nuestro compañero y amigo Miguel Ángel Pozo Rizo.

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