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Frivolidad por trienio

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Será por moda, por aspiración, porque de otra forma no pueden, o por afición al glamour, pero en los últimos años hemos sido testigos de una exacerbada frivolidad entre la gente que ocupa lugares de privilegio en los gobiernos municipales.

 El lector habrá visto, en más de alguna ocasión, cómo se discute, se pelea o se confronta la gente de los partidos políticos en sus campañas electorales. Se tiran con todo y se sacan los peores trapos sucios con tal de alcanzar una posición en el gobierno.

 Si tienen suerte y la gente los elige, pareciera que se sacan el premio gordo. La fortuna les acompañará durante un trienio y, por supuesto, que el pueblo debe saber qué aficiones tienen los nuevos funcionarios.

 Nada tendría de malo que los funcionarios públicos mostrasen sus gustos en público, si acaso ellos pagaran por sus deseos. El problema es que hacen recaudación de impuestos para sufragar antojos tan frívolos como ponerles color a las fuentes públicas, teñir las prendas de los oficinistas del color de su partido; organizar festejos y regalar comidas a cambio de una fotografía para la propaganda oficial. ¡Ay de aquél que no se acomode a la tendencia oficial!

 La frivolidad ha llegado para quedarse. Se ha comido las siglas de los partidos. Las cortesías para los palenques, las primeras filas de los eventos, las mejores mesas del certamen, el primer plano en la foto del corte del listón. Eso es lo importante.

 ¿Y la calidad de las obras?, ¿y el coste del servicio?, ¿y la efectividad del programa?, ¿Y la cobertura del servicio?, esas son pequeñeces, cosa menor que los mortales no entienden, son asuntos donde los incómodos periodistas se fijan para molestar a los suntuosos funcionarios.

 La democracia nos trajo una oleada de personajes que no sabían de política. De hecho siguen sin saber de política, lo suyo lo suyo, es la fiesta, el glamour, la frivolidad. Si a uno de ellos le gusta el arte y se rasga las vestiduras por imponer su programa cultural, cuando deja su cargo, no le volvemos a ver en ninguna actividad cultural. El glamoroso promotor deportivo al dejar su puesto político ya no regresó a competir, ni a promover nada ni a nada. Ya no hay presupuesto ni promoción de por medio.

 ¿Podríamos imaginar cuánto lograría nuestra sociedad si quienes ayer dijeron ser paladines culturales, deportivos, políticos, de transparencia y de la educación, siguieran haciéndolo ya sin los reflectores de un cargo público?, sería genial, extraordinario.


 Dicen que no hay mal que dure cien años, pero, este mal de la frivolidad política, dura tres años por periodo

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