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Se nos hace fácil

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Ahora que salió la acusación hecha por una parte del gobierno gringo contra uno de los más recientes ídolos del futbol mexicano, la ocasión debe servir para hacer una reflexión; aunque sea pequeña, sobre lo que hemos avanzado en la “civilización” de nuestra raza.

 En las últimas décadas, inmersos en el modelo capitalista y empujados por el consumismo; varios sectores de la sociedad nos hemos hundido en la azarosa carrera por tener, por pretender, aunque de por medio nos llevemos la salud, a la familia y, hasta la honra.

 Y es que todos –o casi todos- aspiramos a tener: mejor ropa, más estudios, automóviles recientes, la mesa más cercana al escenario, el vestido más esplendoroso, las uñas de acrílico más vistosas, el corte o peinado de última moda, el teléfono móvil de última generación.

 La aspiración es válida y, desde el punto de vista psicológico, una necesidad. Todos aspiramos a ser o tener más o mejores cosas, esa es parte de la escalera al éxito (diría Maslow).

 Pero la carrera se volvió frenética, insostenible y, en algunos casos, hasta imbécil.

 Al deportista Rafael Márquez no le faltaba nada. Es el caso típico del mexicano promedio: nacido en barrio pobre, con un talento bien explotado, conoce el viejo continente, es famoso, adinerado, casado con una mujer bella,  es “líder” y hasta se preocupa por los más pobres, a través de sus fundaciones. ¡Todo lo que un mexicano promedio puede desear!

 Y entonces, si era un ícono de lo deseado, ¿por qué le acusan de estar en cosas indebidas?, ¿quién lo metió?, ¿por qué se metió?

 Esas preguntas las podemos trasladar a Juan Pueblo. Póngale el nombre y el apellido que usted quiera; el de un familiar, un conocido, un vecino, un excompañero de escuela. Ese que, sin una empresa en específico, sin un horario de trabajo claro; con un empleo constante y una trayectoria de varias décadas en su oficio, trae lo que nadie más en el barrio puede: autos, casas, joyas, viajes…

Esta semana en la que a ese futbolista le han cubierto con la sombra de la duda, nos debe obligar a dialogar sobre lo que estamos haciendo –o dejando de hacer- como sociedad, en la búsqueda de satisfactores para la familia.

¿Debemos esperar a que un gobierno extranjero haga señalamientos?, ¿hay que aguardar la muerte de algún conocido?, ¿vale la pena cometer un error de aliarse, hacer negocio o dejar rastro de nuestras amistades para ser señalados como lo peor de la sociedad?

 Vaya que, en ésta turbulencia social, hay que afrontar cada día, no con la intención de levantarse de la cama, sino con el miedo a no caer –o que no le empujen- en el infierno de las tentaciones cotidianas.

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