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Tenía 92 años

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Nos cuenta un señor: Estaba  un día esperando el autobús en la parada que está afuera de la Iglesia. Estaba conmigo mi madre. Se me acercó una señora muy anciana, vestida con un pequeño abrigo negro, ya lustroso por el uso. Caminaba a pequeños pasos, con la típica rigidez senil del tronco, de la cabeza y de las manos. Me preguntó si quería comprar. De momento dije que no me interesaba. Entonces la viejecita se alejó sin insistir y sin dirigirse a nadie más. Me arrepentí de inmediato, porque comprendí que lo importante no era que yo tuviera necesidad de esa protección, sino que ella tuviera necesidad de venderlas a fin de poder ganar algo.
Intercambié una mirada con mi madre, que la alcanzó enseguida y le preguntó a cuánto las vendía. “A veinte pesos la pieza, señora”, respondió; “las he hecho yo misma a mano. Tengo noventa y dos años...”. “Le compro las cinco que lleva” dijo mi madre abriendo el monedero. La viejecita miró a mi madre con una sonrisa cansada y apenas marcada; sin decir nada se alejó con su andar tranquilo, un andar que dejaba inmóviles los brazos, los hombros y la cabeza. 

Esta escena la he repensado, meditado, contemplado dentro de mí muchas veces, no sabría decir cuántas. La viejecita ya se había alejado: qué otra cosa —o quién— nos convenció para comprar no una, sino todas las que vendía. Esa es la cuestión: hay una fuerza en el ser pequeño, pobre, sufrido y remisivo; una fuerza, sin embargo, que no le es propia, una fuerza que le viene de fuera. Alguien se la ha puesto dentro, alguien que la posee.

No es cuestión de perderse en muchas averiguaciones, Señor, porque sólo hay Uno que puede poseer tal fuerza, sólo Uno puede haber pensado hacer todo esto: Tú. Tú la pusiste en la humildad de aquella viejecita, aunque la pusiste también en el corazón de quien la vio y la sintió. Es la única fuerza que ha existido siempre, que existe y que existirá siempre, la única fuerza que forma una sola cosa contigo, que hace de ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un único Dios: la fuerza de tu amor o, mejor aún, la fuerza del amor que eres. 
Qué importante es esta reflexión, de que muchas veces nosotros no tenemos necesidad de lo que nos ofrece la gente pobre, sin embargo ellos sí tienen necesidad de que les compremos, porque así podrán saciar un poquito su hambre que a veces las lastima y no los deja ya ni dormir.

No esperemos que se nos aparezca Jesucristo para atenderlo, sino que debemos descubrirlo en aquellos que tienen hambre o tienen sed y así será para nosotros el Reino de los cielos.

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