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Historia de dos monjes

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En un viejísimo libro del Siglo IV, en el que cuentan las vidas de los Santos Padres, me encontré la historia de aquellos dos monjes que vivían juntos y que jamás habían tenido una discusión. Un día uno de los dos dijo a su compañero: Yo creo que, al menos una vez en la vida, tú y yo deberíamos tener una discusión como la tiene todo el mundo. Así sabríamos qué es eso del reñir. A lo que su compañero respondió: Si tú quieres, tengámosla. Pero lo malo es que yo no sé cómo empezar. Muy sencillo dijo el primero, voy a poner un ladrillo entre nosotros y después diré: Este ladrillo es mío y tú me contestarás: No, me pertenece a mí. Esto nos llevará a polemizar y a discutir.

Colocaron pues el ladrillo entre ambos y el primero dijo: Esto es mío, el segundo respondió: No, estoy seguro de que es mío. Pero el primero insistió: No es tuyo, es mío, siempre ha sido mío.  A lo que esta vez respondió el segundo: Está bien. Si te pertenece quédate con él. Y así fue como los dos monjes no lograron pelearse.

Pienso que esta ingenua narración deja en ridículo todas nuestras disputad por varias razones.

La primera, porque demuestra que al menos el 99 por ciento de nuestra riñas y discusiones surgen por tonterías que carecen de importancia. Pero lo absurdo es que, cuando discutimos, los temas de nuestra discusión nos parecen gigantescos, esenciales, importantísimos. Pero vistos con una leve sonrisa, son casi siempre puras tonterías.

La segunda, porque la mayor parte de nuestras discusiones surgen de afanes de posesión. Si se borraran del diccionario las palabras “mío” y “tuyo” se acabaría la mayor parte de las polémicas entre los hombres.

Si por lo menos se descubriera que la amistad es anterior y superior al ladrillo por el que discutimos, también se terminarían las discusiones. Y lo grave es que, con frecuencia por discutir cosas tan poco importantes como un ladrillo, ponemos en juego y aún perdemos cosas de un valor infinito: la mistad, el amor, la confianza, la fraternidad.

La tercera conclusión es la de aquél viejísimo refrán que cuenta que: “Dos personas no riñen, si una no quiere”. El segundo de nuestros monjes lo entendía muy bien, comenzó a discutir pero por fortuna, se cansó enseguida. Se dio cuenta de que la paz con su compañero valía mucho más que el aclarar quién de los dos tenían razón sobre la propiedad del ladrillo. Y así, cediendo, pareciendo ser derrotado, ganó. Ganó la amistad, que valía más que un millón de ladrillos.

A mí me gustaría pedir a todos mis amigos que, antes de comenzar  a discutir, reflexionaran sinceramente cuáles son los motivos por los que van a discutir. Les parecerán ridículos. Y descubrirán que la amargura que deja toda la polémica detrás de sí, es una fruta que no vale la pena probar.

En el matrimonio suele suceder que las discusiones se presentan a veces estando presentes los hijos y si no se tiene prudencia salen muy dañados, sobre todo los más pequeños que no saben a cuál lado hacerse. Conviene que se discuta mejor a solas y que nunca llegue la noche sin haberse reconciliado.

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