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Ilusos o ilusionados

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Uno de los fundadores del PAN, Manuel Gómez Morín,  dijo, hace muchos años: “Que no haya ilusos, para que no haya desilusionados”.

 Frase matona para la actual contienda electoral.

 Por lo visto, ni los propios panistas, conocen esa frase o, por lo menos, algunos han demostrado no conocerla.

 Tras las nominaciones de cabezas de planilla de los partidos políticos, aparecen hoy en día muchos “desilusionados”. Porque no les tocó, porque el dedazo fue para otros o, porque simplemente, se habían hecho ilusiones y, ¡oh sorpresa! Los han desilusionado.

 Hay quien acusa traiciones, acuerdos mezquinos, “concertacesiones” (palabra ochentera en México), falta de probidad, insensatez, gandallismo, lambisconerías, soberbias, tranzas, chuecuras y otras tantas linduras, cuando se refieren a los “acuerdos” alcanzados en las nominaciones, incluso, ¡de sus propios partidos!

 Los del PRI acusan que Conchita Franco no les ha dado a los “dinos” su espacio.

 Los del PAN se prenden hasta en el “Facebook”.

 Los del MC se despedazan porque unos quieren seguir  y otros dicen merecer entrar.

 Hasta los de Morena, en Tepa, se dicen vejados cuando les impusieron una muchachita de candidata, que ni es de izquierda, ni le va a López Obrador ni está de acuerdo con los pobres.

 En el Partido Verde, están contentos porque dicen que han sumado lo que en otros partidos rechazan.

 En fin, esta campaña, que está por empezar, será la contienda de los abandonados, de los desdeñados, de los desilusionados.

 Y si faltase algo, hay un montón de ciudadanos, votantes, que se dicen hasta la madre de las políticas (aunque no saben explicar exactamente en cuál de todas sustentan su enojo y por qué). Al votante también le han quitado la ilusión.

 Dice el diccionario que Iluso: “es quien se deja engañar con facilidad y sin fundamento; cree que todo el mundo actúa de buena voluntad”.

 Los políticos no tienen la culpa de desilusionarnos, somos los votantes, quienes nos hacemos ilusiones porque sean diferentes. Y no lo serán.

¿Para qué ilusionarnos, entonces?

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