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El profeta gritaba y gritaba

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Llegó una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar en su plaza mayor, que era necesario un cambio de la marcha del país. El profeta gritaba y gritaba y una multitud considerable acudió a escuchar sus voces, aunque más por curiosidad que por interés. Y el profeta ponía toda su alma en sus voces exigiendo el cambio de las costumbres.

Pero, según pasaban los días, eran menos cada vez los curiosos que rodeaban al profeta, y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida. Pero el profeta no se desalentaba y seguía gritando. Hasta que un día ya nadie se detuvo a escuchar sus voces. Mas el profeta seguía gritando en la soledad de la gran plaza.

Y pasaban los días. Y el profeta seguía gritando. Y nadie le escuchaba. Al fin, alguien se acercó y le preguntó: “¿Por qué sigues gritando? ¿No ves que nadie está dispuesto a cambiar?” “Sigo gritando -dijo el profeta- porque si me callara, ellos me habrían cambiado a mí”.


No nos dejemos como cristianos amoldar por los criterios de nuestro mundo, oremos por nuestra conversión.
Qué fácil es que nos desanimemos y dejemos de luchar por un mundo mejor.

Cuando una persona se desalienta puede llegar a pensar que si todos hacen algo malo, puede estar permitido hacerlo uno también.

Decía un gran Papa que el más grande pecado de los tiempos actuales es pensar que nada es especial y que todo se vale.

Por eso papás no se desanimen ni pierdan el empeño en seguir orientando por el buen camino a sus hijos, porque si se dan por vencidos puede llegar a suceder que tanto papás como hijos pierdan el rumbo de la salvación eterna.

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