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Veracruz, un río de sangre

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• La delincuencia se ha apoderado totalmente del Sur del Estado

• Fui a un pueblito y mataron a 4 en 2 días; 2 más no aparecen

No estaba yo muy seguro de querer ir a Veracruz. Añoraba volver a la tierra en la que viví tantos años y donde me trataron tan bien, donde dejé tantos buenos amigos (bueno, tantos no pero buenos sí) y de donde salí hace 15 meses, cuando aún se podía andar por las calles del centro a las 3 de la mañana. Enero del 2017 era el segundo mes del nuevo gobierno del Estado.

Quería yo regresar pero a la vez no quería, temía viajar a esa parte del país. Si acaso iría a la capital Xalapa donde tengo varios amigos, pero no al sur del Estado en donde tengo más, pero donde ya sabía yo que en estos momentos corre, caudaloso, un río de sangre que va de Acayucan a Coatzacoalcos.

¿Le parece poético lo del "caudaloso río de sangre"?, ¿le parece que es sólo una metáfora? Pues a la pobre gente del sur de Veracruz no le parece ni una cosa ni la otra, para ellos es una espantosa realidad. Entre las ciudades mencionadas corre la sangre a diario y pasa por las poblaciones intermedias Jáltipan, Cosoleacaque y Minatitlán, y recibe la de los afluentes que se originan en los municipios vecinos como los de Soconusco, Sayula, Oluta, San Juan Evangelista, Rodríguez Clara, Hueyapan, Jesús Carranza y los de más al sur como Nanchital, Las Choapas y Agua Dulce, sin olvidar a los de la sierra: Oteapan, Chinameca, Soteapan, Mecayapan, Tatahuicapan...

En toda esa región no hay ley, no hay autoridad, no hay quien proteja y defienda a la población de los delincuentes que roban, asaltan, extorsionan, amenazan y sobre todo secuestran y asesinan cada día a quien se les pega la gana, a periodistas, a médicos, profesores, estudiantes, comerciantes, ganaderos, a hombres y mujeres, a viejos, a jóvenes y a niños. Nadie está a salvo en el sur de Veracruz.

Por eso temía yo ir... Pero me ganó la nostalgia y fui. Estuve un día y medio en Xalapa y aguanté sólo dos días en Acayucan. Recuerdo lo que pasó este miércoles 2 de mayo y no sé si me da más coraje o ganas de llorar por el dolor de aquella gente que pude constatar.

Llegué pues a Oluta, un pueblo casi conurbado a la cuidad de Acayucan, donde sabía yo que secuestraron hace poco a un carnicero papá de un amigo mío, también a un muchacho estudiante del CBTIs 48, a una señora que vendía joyas; donde asesinaron en días pasados a dos muchachos que viajaban en una moto sobre el puente del libramiento; luego a un anciano y a un niño; a un médico al que descuartizaron hace unos meses... ¿Ve por qué temía yo ir?

Pero ahí voy. Mis amigos en Xalapa me dijeron "no pasa nada, nomás que no se entere el gobernador que andas por acá". Bueno, llegué a Acayucan la noche del martes, hacía un calor infernal pero fue a la terminal del ADO a recogerme una amiga, hija de mi mejor amigo, quien me llevó a su casa en Oluta.

Platicamos en su casa hasta muy tarde su papá, su mamá, mi amiga y yo. El tema fue básicamente la inseguridad, la violencia, la delincuencia desatada, sin freno, que padecen y que los tiene aterrorizados. Y un poco de la política por los tiempos que corren, van a votar por López Obrador para presidente y por Pepe Yunes para gobernador, a ver si esto se compone un poco, dijeron, "porque ya peor no podemos estar, o se alivia o se muere, o mejora la situación o la chingada nos lleva a todos". Traté de convencerlos de que sí podemos estar peor, pero no hubo manera. De pasadita dijeron que esto no ocurría con Fidel Herrera Beltrán ni con Javier Duarte, que ellos tenían a la delincuencia bajo control, no desatada como está en estos momentos.

Al otro día me levanté a las 9 de la mañana y tras de una bañada rápido, temprano antes de que se caliente el agua en el tinaco (ya estaba tibia), salí de donde dormí y le pregunte a mi amigo por su esposa, porque no la veía por ningún lado.

- Fue aquí nomás con su comadre doña Chepa -me dijo-, a dos casas de aquí, porque escuchó que lloraban muy fuerte y muy feo y fue a ver qué pasó.

- ¿Y qué pasó, no ha regresado a decirte?

- Sí, ya vino y se fue otra vez... Pues que mataron a su hija de doña Chepa, a ella y a su marido, acaba de venir a avisarles la policía para que vayan a identificar los cuerpos y por eso lloraban.

Me quedé... mudo. Ya sabía yo que diario secuestran y matan gente por aquel rumbo, pero no esperaba que me tocara vivirlo de cerca.

Más tarde se supo que fueron tres los muertos, la hija de la vecina llamada Imelda y que cantaba con un mariachi; su marido (o su pareja, no sé), y al dueño del Mariachi Libertad, de Sayula de Alemán. Y más tarde aún, en la noche del miércoles se supo que además había otros dos mariacheros desaparecidos.

Habían ido a tocar dos días antes (el lunes) en Las Limas, municipio de San Juan Evangelista, y al no regresar su familia ya los estaba buscando el martes. Pero no fue sino hasta el miércoles en la mañana que los encontraron entre la maleza a orillas de la carretera, entre Cosoleacaque y Minatitlán.

En una fotografía del cadáver de la cantante se podía apreciar que la estrangularon con un alambre antes de darle un balazo en la sien derecha. Todo el día estuvo la familia esperando que a trajeran el cuerpo a Oluta, porque desde en la mañana que se fue doña Chepa no regresaba. Por la tarde empezaron a poner una carpa en mitad de la calle 5 de Mayo y bajo ésta sillas para los asistentes al velorio, y a cerrar la calle en las esquinas más cercanas con una cuerda y una franela roja atada en medio para evitar el paso de los vehículos. Todo estaba listo pero el cuerpo no llegaba...

- "¡Maldito gobierno! hijo de su CHM, nomás para eso sirve -era el comentario general-, encima de la pena, del dolor que pasa la familia… todo el día y no les acaban de entregar el cadáver, qué poca madre deveras... Se supone que la autopsia es para saber de qué murió una persona, pero si tiene un balazo en la frente de qué otra cosa pudo haber muerto… Puras mamadas, ganas de joder... No nos cuida el pinche gobierno, pero qué tal para hacernos la vida cansada. Qué poca...”

Pues la gente cenó como a las 10 de la noche un caldo de res (muchos nomás a eso van, no se pierden un velorio), y nada de la muertita. Ésta llegó después de las 12 de la noche cuando ya me disponía yo a dormir, me enteré porque escuché al mariachi que cantaba Paloma Negra y salí a ver la llegada de la carroza fúnebre, cuando ya se habían retirado la mayoría de los dolientes porque les avisaron que los tamales serían hasta el día siguiente.

Ese mismo día, el miércoles fui a saludar a mis amigos Sergio, Chucho, Esperanza... y a comer con mis anfitriones. Le conté a mi esposa por Watsapp lo que pasaba y me dijo que ni se me ocurriera ir al velorio, porque luego llegan los malandros a matar a quien se les haya escapado. Le dije que no se preocupara porque yo tenía mucho que hacer, el jueves tenía que trabajar desde allá por internet.

Pero el jueves como a las 6 de la tarde dejaron de mandarme material para trabajar y me dio pena que mis amistades estaban en el velorio y yo no, mi amiga insistió mucho y fui un rato. Desde ahí le comenté a mi hija Gabriela en dónde estaba yo -por WS- y se dio este diálogo:

- Entonces me voy un rato a un velorio. Aquí junto a la casa de Enrique, porque mataron a tres.

- Uh no, yo no iría, capaz que van a rematar a los que se asomen. ¿Y por qué los mataron?, ¿por malandros?

- No lo sé. Fueron uno de un mariachi, la cantante del mariachi y su marido que no era del mariachi. Y no aparecen otros dos del mariachi...

- Uuuh chale... pues yo no sé a qué vas a ahí, es mejor no buscarle ruido al chicharrón.

- Ya al rato me voy a la Ciudad de México.

- Pues yo que tú no iba ni un rato, déjalos que se maten allá.

Le mandé la foto del mariachi y contestó mi hija con un emoticón (una carita derramando una lagrima) y agregó:

- Qué chinga... qué violentos. Y la esposa se veía joven... qué gacho, van a tener que conseguirse otra cantante ...

Reproduzco el diálogo para hacer notar la forma en que vemos la violencia desde lejos, pero la gente que la padece todos los días sufre, llora, se desespera, se angustia, vive permanentemente con miedo, esperando nomás a ver a qué hora llega alguien a avisarle que mataron a algún familiar.

Así se vive ahora en el sur de Veracruz. Un taxista me dijo que ellos ya no van a Soconusco, ni a Almagres ni al Juile (comunidades éstas de Sayula), y que hasta las 8 de la noche hay taxis en las inmediaciones del ADO, más tarde ya no. “A las once de la noche -remató- ve usted las calles desiertas, ni un alma, ya no sabemos qué hacer… La delincuencia se ha apoderado por completo de estos pueblos y el gobierno no hace nada al respecto. Pero el gobernador nos quiere heredar a su hijo en el cargo...”

La noche del jueves mi amiga me llevó en su auto a la terminal del ADO para viajar a la ciudad de México. A la mañana siguiente, apenas llegar yo a mi destino el viernes 4 de mayo, me dijeron en un mensaje de Watsapp: “Anoche mataron a otro en Oluta, como para despedirte”. Le llamé a mi amiga para confirmarlo y me dijo “Sí, cuando regresaba yo de llevarte al ADO mataron a un taxista y el pasajero resultó herido”. ¿En dónde? “Ahí nomás en la calle principal, frente a donde fuimos la noche anterior a las memelas”. Un río de sangre corre sin parar en el sur de Veracruz.

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