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Duelen igual

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Ahora que el tema de la inseguridad brota por todo el país. Aún y cuando las y los candidatos a diferentes cargos de elección popular se dicen con las agallas para resolverlo. A pesar de todo lo que se diga, se escriba o se transmita sobre los hechos violentos del país, hay una verdad, cruda, cruel, tras esos acontecimientos: el dolor de identificar a los occisos (muertes, ejecuciones, víctimas colaterales, levantados, desaparecidos, “pozoleados”, etcétera).

Para una madre, un padre; para un hermano, para un hijo, la muerte de un familiar o pariente, bajo cualquier circunstancia, es dolorosa. Y si le sumamos a esa pena el viacrucis burocrático para identificar un cuerpo, comprobar consanguineidad… el calvario aumenta exponencialmente.

Como resultado del uso de drogas. Como respuesta de la política pública errónea; como suma de los descuidos gubernamentales para atender la “narcoguerra” que inició el gobierno federal hace 10 años;  como pieza cotidiana de la lucha de plazas y mercados entre grupos, la cantidad de personas desaparecidas, levantadas, muertas, asesinadas, es escalofriante.

A esa amarga realidad, hay que sumarle la desatención oficial para con los institutos forenses, la pírrica asignación de presupuestos y el limitado personal que tiene, por ejemplo, el Jalisciense instituto de Ciencias Forenses; quienes tienen que llevar el recuento de muertos, completos o en fracciones.

Desde la nota roja, los hechos sangrientos no son más que contenidos informativos y relatos.

Desde la experiencia de sus familiares, duele igual un difunto por enfermedad que un occiso por arma de fuego.

El día en que tomemos conciencia de esos temas, tal vez, sólo tal vez, podríamos comenzar a comprender que algo debe cambiar en nuestro país y, de una buena vez, dejar de contabilizar cadáveres, como si fueran hojas de un calendario.

Vaya tarea que tienen los que ahora buscan ser gobernantes.

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