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La verdadera felicidad

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Don Amador tenía ocho hijos y una casa grande. Cada uno tenía su habitación y un pedazo de tierra para cultivar. Al parecer todos respetaban y veneraban al padre, hombre honesto y trabajador. Siempre que llegaban del trabajo o de un paseo, no dejaban de traer un regalito para sus padres. Antes de acostarse todos los hijos pedían su bendición.

Tenían abundancia y prosperidad. Muchas cabezas de ganado poblaban la hacienda; los graneros estaban abarrotados de víveres. Sin embargo, cosa rara: El padre siempre estaba triste. ¿Qué faltaba para completar la felicidad de aquella familia?

Un día el anciano padre reunió a todos sus hijos y les dijo: Yo les daría todo el dinero que tengo, todas las tierras y todos los rebaños, y solamente quisiera una cosa: Que ustedes estuviesen unidos. Estoy triste porque los veo desunidos y con intrigas. Ustedes hacen lo posible por tratarme bien, pero entre ustedes falta el amor, hay muchos celos y deseos de venganza. Así nunca seré feliz. Así nunca seremos felices. A mí como padre no me gusta ver a mis hijos peleando.

Lo que la pasaba a este padre de familia suele suceder en distintas partes del mundo.

Es necesario que entre hermanos siempre haya unión y fraternidad, porque los bienes materiales sin la verdadera hermandad salen sobrando.

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