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Creer en un solo Dios

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En una callejuela de Roma se oyen martillazos descompasados y el rechinar del hierro en la piedra. Son escultores que trabajan y se llaman: Claudio, Nicóstrato, Sinforiano, Castorio, Simplicio. 

Trabajan al aire libre porque los bloqueos de mármol son grandes. El suelo está cubierto de lascas de mármol; trabajan casi sin hablar, pues quieren terminar los encargos que son muchos.

De vez en cuando se oye un comentario respecto al último decreto del emperador que ordena apresar a los cristianos que se niegan a dar culto a los ídolos. “Ni aunque me maten” dijo Claudio.

En ese preciso momento llega alguien de parte del emperador: “La fama de ustedes como buenos escultores ha llegado incluso al palacio. Traigo una encomienda del propio emperador. De este bloque de mármol debe salir una estatua del dios Esculapio, el que sana todas las enfermedades”.

Los colegas miraron a Claudio: ¿Y ahora? La respuesta fue firme: “Disculpe, no podemos”. ¿Cómo qué no? Dejen a un lado los otros trabajos y den preferencia al pedio del emperador. “No es falta de tiempo ni de atención, es cuestión de religión. Nosotros creemos en un solo Dios, el único verdadero. No podemos fabricar ídolos”. Al emperador no le agradó la respuesta. Fueron apresados, torturados, metidos en un cajón y arrojados al agua.

Estos son algunos de los mártires que dieron su vida en defensa de la fe en Jesucristo.

Antes que ellos y después también ha habido innumerables hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos que también han sabido morir antes que renegar de su fe.

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