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El racimo de uvas

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Una cálida tarde en aquella región del desierto. Los monasterios de los monjes poblaban la soledad. En este momento del día están en sus celdas dedicados al estudio, a la oración o al trabajo.

Un amigo trae de regalo al abad un sabroso racimo de uvas. El superior de los monjes recibe el regalo y da las gracias, pero se acuerda del compañero de celda vecino, muy débil y enfermizo. Sin duda le hará bien. Y le lleva el racimo de uvas, este lo recibe y da las gracias. Eran unas uvas que hacían agua la boca pero se acordó de que en el cuarto de al lado vivía un anciano monje, casi al término de su vida: “Le voy a dar esa pequeña alegría. Tal vez pueda ser la última”. Y llevó el racimo al compañero, pero también este anciano después de dar las gracias, pensó en el hermano de al lado que acababa de regresar del campo con una sed de camello. Pobre, voy a darle el racimo para que mitigue un poco la sed. Para resumir la historia, el racimo pasó de celda en celda, completó el círculo y volvió a las manos del abad. Este pensó para sus adentros: “Estos monjes míos… alabado sea Dios. ¡Qué desprendidos son! ¡Qué generoso y buenos hermanos! ¿Amas así?

Naturalmente que a todos los monjes se les habrá antojado aquél sabroso racimo de uvas, pero absolutamente todos supieron renunciar a comérselo para que su compañero lo pudiera disfrutar. 

Seamos generosos desprendiéndonos de las cosas para que otros se beneficien.

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