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Misa de cuerpo presente

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En la pequeña ciudad donde sucedió esta historia, el pueblo no quería saber de Iglesia ni de nada. Cada uno vivía su vida individualmente. La cosa iba de mal en peor cuando el sacerdote, nuevo en aquél lugar, usó su último cartucho.

En la misa del sábado por la noche, presentes las dos o tres personas de siempre, dio el aviso: “Acaba de fallecer en esta ciudad Doña Iglesia. Mañana a las diez habrá una misa de cuerpo presente por el descanso de Doña Iglesia. 

Al día siguiente, mucho antes de las diez ya no cabía nadie más en la Iglesia. Todos querían ver por lo menos el cuerpo de esa mujer que nadie recordaba haber conocido. En la mitad del pasillo de la Iglesia se colocó un ataúd con velas. 

Terminada la misa dijo el sacerdote: “Me he dado cuenta de que ustedes quieren despedirse de Doña Iglesia. Voy a mandar abrir el ataúd. Hagan fila y pasen con respeto por delante.

Todo el mundo se puso en fila. Uno por uno fueron pasando ante el ataúd. ¡Pero qué desencanto en la cara de cada uno! Todos los que miraban dentro del ataúd, se llevaban un susto tan grande, que volvían con la cabeza baja a las bancas.

¿Qué había pasado? En el fondo del ataúd el padre había puesto nada menos que un espejo enorme. La Iglesia había muerto en aquél lugar, porque el pueblo había muerto para la religión.

Dios nos sigue invitando.

Dicen que ha disminuido el número de católicos en el mundo, ojalá que a nosotros no nos pase eso, sino que cada día vayamos creciendo en fervor y amor a Dios y al prójimo.

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