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Buena confesión

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Un hombre se fue a confesar, aunque aparentemente no tenía pecados. A todas las preguntas del sacerdote la respuesta era siempre esta: ¡Nada de eso, padre, no hice nada!

Entonces le dice el confesor en tono de broma: Usted debe ser un santo. Vamos a ponerlo en un altar. 

El hombre dudó, pero aceptó, había un nicho vacío en la pared de la iglesia. El padre mandó subir al hombre: 

“Póngase dentro del nicho, con las manos juntas, así. Y llamó a la gente: “Vengan a ver al nuevo santo en el altar.

Todo el que llegaba a ver al nuevo santo en el altar hacía algún comentario:

-¿Ese de allí? ¡Pero que santo más raro!, siempre está bebiendo en los bares, tiene una deuda vieja conmigo y no me paga.

-Nunca vi un santo meterse con la familia ajena. El que insulta más que nadie…

Y así casa uno iba diciendo algo acerca del nuevo santo. El padre tuvo que mandar que se pararan, porque no quería oír cosas peores. Se volvió hacia el hombre que ya estaba con la cabeza baja y le dijo:

-Ahora puede bajar. Usted no quiso confesar sus pecados, pero sus vecinos se encargaron de hacerlo en su lugar. 

También en nuestra vida misionera -evangelización, catequesis, construcción  de la comunidad- debemos mantenernos despiertos, ser inteligentes para buscar los medios mejores. Y ser astutos. ¿Somos hijos de la luz que iluminan a otros o escondemos esa luz bajo la mesa?

Hay que pedir a Dios que nos dé la luz del entendimiento para saber reconocer cuáles son nuestras debilidades y pecados al acercarnos al sacramento de la confesión.

A veces se nos olvidan nuestras faltas al irnos a confesar, pero que nunca las escondamos por miedo o vergüenza.

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