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Una camisa vieja

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Me contó una señora: “Encontré en la calle un niño desarrapado. Me acordé de que tenía en casa una camisa vieja que podía servirle todavía. Lo invité a ir a mi casa, fue y aceptó muy contento la camisa vieja. Luego vi que había sobrado mucha comida del almuerzo.

-¿Quieres almorzar? 

-Sí, señora. Ya ni recuerdo qué es eso.

Preparé el plato y se lo entregué, lo puso en el suelo y empezó a comer con mucho apetito. Era cierto: Hacía tiempo que no almorzaba. Cuando había comido la mitad del plato se paró y preguntó:

-Señora, ¿me da un trozo de papel?

Me extrañó la petición, pero le di lo que pedía. Puso con cuidado el resto de la comida en el papel y me explicó:

-Es para mi amigo, hoy todavía no ha comido.

Y yo que pensaba que era muy generosa porque le había dado una camisa vieja y los sobrantes de la comida. Debo confesar que sentí vergüenza de mi misma.

Muchas veces creemos que con una moneda estamos siendo muy caritativos, pero se nos olvida que mucha gente tiene hambre, tiene frío o vive en una humilde casa. Mientras a nosotros no nos faltan las tres comidas al día, tenemos ropa y zapatos suficientes y no nos falta una casa, que aunque sea pobre, no carece de lo necesario para vivir cómodamente.

Hagamos un intento de vivir la verdadera caridad sabiendo compartir, como decía la Madre Teresa de Calcuta. “Hasta que nos duela”.

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