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La Virgen, siempre la Virgen

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Harto ya de López Obrador y de sus chairos, es decir de los fanáticos de la nueva religión llamada Testículos de Pejehová que todo le justifican a su dios, decidí hacer un viajecito, corto, para saludar a mis amigos que viven al otro lado del país, allá por el Golfo de México, para lo cual me trasladé obviamente primero a la ciudad de México.

En la Capital del País paré tres días y en el primero se me ocurrió ir a la Basílica de Guadalupe, a la que apenas conocí cuando era sólo un adolescente. Me gustó. Me gustó tanto que quiero platicarle de eso. No de los templos, porque son varios, sino de lo que pasa fuera y dentro de éstos. Es impresionante la fe de las personas que llegan, de cerca y de lejos, de muy muy lejos algunas, de tan lejos que hablan idiomas completamente ajenos y desconocidos para nosotros, tanto que no entendimos ni una palabra, ni media palabra, pero la devoción de sus hablantes por la Virgen de Guadalupe me impactó profundamente.

No conocía yo el Cerrito del Tepeyac donde se le apareció la Virgen a Juan Diego y donde se construyó el primer templo en su honor, es pequeño y para llegar hasta él hay que subir como mil escalones, bueno, tal vez menos, aunque hay también un camino en forma de rampa y por ahí es más leve la cuesta. No hay bancas en ese lugar, sólo sillas y se pide no platicar ahí, no deambular, no tomar fotos…  así que sólo le pedimos a la Virgen que nos ayude, y que le pida a su Hijo que salve a México de la catástrofe que se ve venir. Salimos y comenzamos a bajar.

Hay muchas cosas que ver subiendo y bajando del cerrito, lo que se puede hacer por caminos diferentes y opuestos, jardines, fuentes, cascadas, estatuas, pinturas… es ameno el recorrido. Y al llegar casi hasta abajo, casi al ras de donde están los otros templos grandes y la Basílica, hay otro templo llamado Del Pocito, pequeño también, de donde se supone brotó un manantial cuando fue a conocer el lugar el obispo Fray Juan de Zumárraga luego de que Juan Diego le mostrara el milagro.

Tampoco hay bancas en este pequeño templo (menos pequeño que el que está en lo más alto del Tepeyac), pero hay unas sillas más o menos cómodas y delante de cada una hay una especia de reclinatorio acojinado para poderse arrodillar, mismo que corresponde a la parte trasera de otra silla, de las cuales hay unas cuarenta en semicírculo, veinte de cada lado unas frente a otras como si fueran una media luna cada sección.

Ahí empezaron a llegar algunos japoneses que en principio creí que serían sólo turistas pero no, se empezaron a acomodar en el semicírculo de las primeras filas de sillas, hombres y mujeres, jóvenes la mayoría, muy guapas algunas de ellas, acomodo que hacían con mucho respeto, en orden, hablaban en voz muy baja y si pasaban frente al altar hacían una reverencia con gran devoción.

Me tenía intrigado este grupo de japoneses, hasta que vi que uno de ellos, joven, portaba un alzacuellos, señal inequívoca de que se trataba de un sacerdote. Son un grupo de católicos -pensé- que vienen a conocer el lugar donde se apareció la Virgen de Guadalupe. Pero faltaba… Una vez que estuvieron todos en su lugar, con su celular en la mano, una de las muchachas, muy guapa ella, de unos 25 años de edad, comenzó a rezar (en su idioma por supuesto) y a cantar lo que supongo eran alabanzas a la Virgen, acompañada de inmediato por todo el grupo.

Estaba yo impactado… me levanté de la silla en que estaba y caminé unos pasos hasta colocarme atrás de una de las japonesas, para observar de cerca la pantalla de su teléfono, tenían ahí los cantos a la Virgen, la melodía (con sus notas musicales) y la letra, todos y todas, y a una indicación de la muchacha que dirigía, buscaban con gran agilidad en sus dedos la alabanza que les estaba indicando. Duraron un buen rato cantando y se comportaban, repito, con una gran devoción y respeto. Católicos ejemplares venidos del otro lado del mundo.

Salí de ahí y entré a otro templo, el que está junto a la antigua Basílica (cada templo tiene su nombre pero no me los aprendí) y ahí me llevé una segunda sorpresa, estaba lleno de otros católicos venidos de quién sabe dónde, orientales también, pero estos estaban en misa, y muy atentos y devotos contestaban en su idioma siguiendo al sacerdote. No resistí la tentación y le pregunté a uno de ellos, el que estaba hasta atrás casi a la entrada del templo: ¿Where are you from? y me contestó “Oh… somos coreanos”. Pues bienvenidos -le dije y salí de ahí muy gratamente impresionado.

Después fui a la antigua Basílica donde hay enormes pinturas con temas relacionados con las apariciones de la Virgen. Un gran cuadro dice al pie “CONVERSION DE LOS INDIOS” y me hizo pensar lo difícil que debe haber sido para los primeros evangelizadores convencer a los indígenas de la nueva religión, lo que seguramente vino a facilitar la aparición de la Virgen de Guadalupe 10 años después de la conquista, en 1531, pues a eso vino, a rescatar a estos pueblos nativos que prácticamente estaban en manos del reino de Satanás, con sus ídolos, sus serpientes y sus sacrificios humanos.

Finalmente fui a la Basílica actual, enorme, había un gentío adentro y afuera y eso que era a mitad de semana. Es mucha la fe, la confianza que le tiene la gente a la Virgen de Guadalupe. Me acerqué a su imagen, la contemplé por un rato y ahí terminó mi visita a la Patrona de los mexicanos, de la América Latina y de muchos que vienen desde el otro lado del mundo a orar y a entonar sus alabanzas en idiomas de los que no entendemos ni media palabra, pero que nos conmueven por su devoción.

Esto me provocó una reflexión profunda. Cada vez que ha sido necesario se ha aparecido la Santísima Virgen, en Lourdes, en Fátima, en México, en Medjugorje… no abandona a sus hijos, a la humanidad, y al final -dice en una pequeña capilla que hay en Guadalajara- su Inmaculado Corazón triunfará.

Eso, en medio de la tribulación que me causan las evidentes intenciones del nuevo gobierno de México de imponer aquí una dictadura sin Dios y sin fe, me sirvió de consuelo. No estamos solos, crea usted o no crea, tenga o no tenga alguna creencia religiosa, igual usted como yo somos hijos de Dios y su Madre no nos abandonará.

Sigo pues hacia el oriente, a ver con cuánta violencia me encuentro. La última vez que fui a visitar a mis amigos hace ocho meses, asesinaron a tres personas que vivían en la casa de al lado de mis anfitriones, me tuve que chutar el velorio. Bueno, que sea lo que Dios quiera…

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1 comentarios

  1. Aunque algunas veces, nos pareciera sorprendente; es pues la Fe, un elemento emocional que mueve montañas y lo que pareciera imposible se vuelve probable. Esto no solo sucede en la religión católica o por cultura entre los latinos y muy especialmente entre los mexicanos, en realidad es una situación de carácter universal.

    Aunque el fetichismo, esta considerado como "la devoción hacia los objetos materiales", en realidad es una forma de creencia o práctica muy allegada a las practicas religiosas, donde a través de objetos materiales mágicos o sobrenaturales (también el sonido es material) se considera que poseen el poder de la Fe o el poder de la Oración, que sirven para protegen al portador o quien es parte de esos rituales.

    Las oraciones, con un sonido rítmico, son capaces de lograr una alta concentración en las personas que lo practican, para así lograr un contacto directo con Dios o con el ser espiritual con quien se pretenda tener comunicación, para hacerle la petición de lo que se requiere o hacer llegar el agradecimiento de lo pedido. Así como en otras culturas y religiones, los sonidos, son utilizados como una formula o conjuro mágico.

    Ojala y tuviéramos la Fe tan grande, que lográramos decirle a una montaña "muévete" y esta se mueva. Saludos Atte. Iñaki P. Martínez

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