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Teresa González Díaz, una madre como pocas

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• Se les rebeló a sus padres por el llamado de su vocación

Por David Zavala

Siendo la número 16 de una familia con más de 21 hijos, mamá y papá, dedicados enteramente a las labores del campo, nace en un pequeño pueblo ubicado entre los municipios de Tepatitlán de Morelos y Jalostotitlán con nombre Valle de Guadalupe, Teresa González Díaz, un 11 de mayo de hace algunos ayeres. 

Aunque en casa siempre le celebramos el 12, porque de manera oficial así se registró, sin mencionar que nos da un respiro después de los gastos de la tradicional celebración del día de las madres.

Su trayectoria y visión, según los que le conocieron desde pequeña, inicia al terminar su formación en la escuela primaria para niñas de ese poblado. Siendo lo típico de las familias de antaño el apoyo en las labores del hogar y la estadía doméstica, aspirando por mucho a que un buen hombre las desposara y les diera una vida medianamente próspera antes de los 20 años.

Las fricciones por la insistencia de querer continuar sus estudios aún en el mismo poblado se dieron por temporadas, aquellas cuando concluía el ciclo escolar, la relación con su familia, siendo no tan grave problema puesto que el pueblo contaba con una escuela secundaria mixta.

El verdadero reto y la decisión que cambiaría su vida llegó al término de su preparación en la educación básica: la secundaria. Donde después de un periodo de incertidumbre, trabajos de costura, ahorro y mucho pensar que había “algo más”, llegó el día de tomar una decisión: Se presentó ante sus padres y les expuso su deseo de estudiar la preparatoria. La reacción de ambos era de esperarse. Una desaprobación tajante, y sabiendo que menospreciarían las posibilidades de que una mujer en aquellos años, de un pueblito tan tradicional, pensara en alzar la mirada y abrir la mente.

La frase, que sin saber detonaría la determinación para seguir sus convicciones, salió de boca de Don Victoriano González: “¿Para qué quieren estudiar?, para hacer la comida y limpiar nalgas qué pinche escuela se va a ocupar”.
Tomó sus cosas y tras las amenazas de que si se iba mejor no volviera, llegó a la capital del Estado con la esperanza de tener un lugar en la preparatoria de la Universidad de Guadalajara, si bien con una edad un poco por encima de la de sus compañeros, realizó el esfuerzo y cursó el bachillerato en la Preparatoria Número 6 de aquella ciudad. Narra que le parecía estridente el movimiento del tráfico urbano desde las 5:30 de la mañana, impresionante la cantidad de gente en el frenesí que caracteriza a las grandes urbes, y que nada tenía que ver con la tranquilidad de las calles de su terruño.

En ese periodo conoció a quien sería su esposo y con quien engendró 3 hijos, motivo por el cual se le hace este homenaje. Porque es mamá. 

Con un breve desfase de tiempo, nuevamente después de egresar de la preparatoria consiguió consolidar su carrera como docente en educación primaria en la Escuela Normal de Jalisco a principio de los 90, año en que dio a luz a quien relata esta breve biografía.

El destino la llevó a dar sus clases desde en comunidades rurales aisladas y a emigrar temporalmente a Estados Unidos, hasta finalmente establecerse en la bella ciudad de Tepatitlán, para ejercer su profesión y vocación con consecuencias que sin saber beneficiarían a miles.

Visionaria y dinámica ella, se dedicó durante más de 20 años a levantar literalmente un recinto educativo que hoy es la Escuela Primaria Francisco Medina Ascencio. Tuvo sus orígenes con grupos entremezclados de primero a sexto en una casa en obra negra, ubicada por las calles Río Verde y Río Nazas de la colonia Jardines de la Rivera.
Su vocación la llevó a invertir dinero de su humilde salario, muchas horas de su vida y viajes a las instancias estatales y federales, para buscar el apoyo y poder hacer de esa sede una escuela digna.

Recuerdo salidas a las 5 de la mañana para alcanzar una ficha a las 7am en el Palacio Federal para gestionar algún recurso, horas de espera y malpasadas de tardes enteras en espera de un turno para que alguien se tomara la molestia de volver la cara a una escuelita en crecimiento; institución que gracias a su esfuerzo existe y funciona y ha dado servicio a miles de niños que como yo pasamos por ella.

Es sin duda un gran logro para cualquiera, y qué decir entonces de una muchacha criada en el campo que logró ponernos el ejemplo a muchos a pesar de la duda y la adversidad. Es por esto y por su característica actitud de puntualidad y disciplina, de honestidad y de nobleza, que me enorgullezco en decir que la maestra Tere es una de las mamás alteñas que más allá de ser la directora de una escuela, fue la fundadora de algo que trasciende, tan grande como la educación y los bellos recuerdos de centenas, y que sobra decir que es el orgullo de sus hermanos. Lo fue de sus padres que en paz descansen y que finalmente se lo reconocieron, y que lo es de sus hijos por siempre y para siempre. Será presumida y reconocida por su labor y personalidad ejemplar.

Quisiera decir por último que la pequeña placa que inmortaliza su esfuerzo y que está empotrada en uno de los salones de su obra, se desintegrará quizá antes que los frutos resultantes de ese quehacer lleno de amor y responsabilidad. Feliz día de las madres para todas las que nos leen y para Ella, de parte de su hijo que la ama: David.

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