El cielo en espera de la respuesta


Matilde, reina de Alemania, está ante el rey Oto, su hijo. Con sencillez, cubierta con el velo de viuda, pide al rey que perdone el crimen de Enrique, su hijo, está preso por haber organizado una rebelión contra el rey. Este crimen traía consigo la muerte. 

La respuesta fue dura:

-Madre mía, no puedo conceder lo que pides. Eso sería contra mi autoridad, debilitaría al régimen. Ya lo he perdonado dos veces. Es suficiente. 

Noche de Navidad; misa solemne y festiva, con la presencia del rey. “Señor, ten piedad de nosotros”, cantan las voces del coro. 

En ese momento, entra un hombre con traje de prisionero, acompañado por una mujer de rostro pálido que se arrodilla ante el rey. Asombro entre todos los que están en la iglesia.

Ella pide:

-Rey Oto, tu hermano Enrique, que pecó contra el cielo y contra ti, pide perdón por el amor del Hijo de Dios, recién nacido. 

Enfurecido con esta escena fuera de programa, responde el rey:

-Ya te perdoné dos veces. Basta. Dentro de tres días tu cabeza rodará por el suelo.

Se escucha una voz en medio del pueblo: ¡Piedad, rey! ¡Piedad, por amor de Dios! ¿Sería acaso la voz de su madre?

Enseguida decenas de voces repitieron lo mismo. Silencio profundo en la asamblea religiosa. Parecía que el mismo cielo aguardaba la respuesta. El rey se inclinó. Después, levantando a su hermano del suelo, le dio el beso de la paz y de la reconciliación.

Siempre hay que recordar las palabras de Jesucristo. 

Perdonando no sólo siete, sino hasta setenta veces siete.

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