8 de marzo: El día en que no sentí miedo

* Así fue la marcha feminista más grande de México



Por Georgina González Ontiveros


Yo no estaba segura de marchar. El domingo a las 9 de la mañana le volví a preguntar a mi hija (19 años) si quería ir a la marcha del Día Internacional de la Mujer. Dijo que sí. Fuimos.

Un poco de contexto: Salí de Tepatitlán a vivir a la Ciudad de México desde hace 12 años, mi hija vive conmigo aquí desde que tenía 9. Vivir solas en una ciudad tan monstruosamente grande requiere de mucha logística para no desaparecer: en la primaria, la niña estaba en la escuela de 7am a 6pm, que eran las horas en que yo podía llevarla y recogerla. En secundaria regresaba a las 2pm sola, caminaba 1.2 kilómetros de la escuela a la casa, yo seguía su camino con una app de localización y rezaba para que no le pasara nada mientras leía las alertas amber que saltaban por todos lados de niñas desaparecidas en la misma ciudad y de la misma edad de la mía. En la prepa, nos cambiamos a un departamento enfrente de la escuela y empezamos a enfrentarnos al acoso en todo su esplendor, corrí a tipos de la casa que iban a molestarla, a decirle que “la amaban” cuando ella no sabía ni quienes eran. 

Llegó la universidad, a 33 kilómetros de distancia. El primer año ella iba y venía todos los días en transporte público, los relatos de hombres chiflándole, mandándole piropos, besos y queriendo “acompañarla” perdieron el sentido de lo frecuentes que resultaron. Acosada cada día en las dos horas de camino de ida y dos horas de regreso y con las noticias de muchachas desaparecidas todo el tiempo tan cerca de nosotras y, sobre todo, de una compañera de su escuela asesinada en una fiesta un 15 de septiembre, decidimos que a partir del segundo año mi hija viviera cerca de la escuela, ahora sólo la veo los fines de semana pero ella está más segura y yo, un poco más tranquila.

Así que el 8 de marzo fuimos a la marcha feminista en la CDMX. Nunca habíamos ido a una. Desde llegar en metro, que la noche anterior habían decidido cerrar y esa mañana resolvieron abrir por la presión en redes sociales, los vagones de mujeres estaban repletos y tuvimos que dejar pasar varios trenes antes de poder subirnos. Adentro, todas las mujeres iban a la marcha y algunas empezaron a cantar consignas desde el camino. Salimos del vagón y los cantos seguían en los andenes, ya empezaban los performances de las que iban más organizadas en grupos y bloques, “el violador eres tú”, cantaban, y todavía no salíamos del metro.


Quedamos de vernos con conocidas en el Monumento a la Revolución, pero había tanta gente que no las encontramos, así que marchamos solas. “Solas” es un decir, no conocíamos a nadie pero todas estábamos en las mismas, elegimos un bloque y sólo empezamos a caminar. Vimos una mujer alta, rubia, delgada, con sus dos hijas como de 9-10 años, también rubias y delgadas, de playeras blancas y gorras yendo a la marcha, ¿qué la habría movido a ella a marchar?. Vimos a familiares de desaparecidas, niños, niñas y mujeres con las fotos de sus muchachas perdidas en carteles, eso te rompe el corazón, no hay palabras para describir la tristeza de que una señora te diga que alguien asesinó a su hija. Vimos señoras de la edad de mi mamá, con sombreros y blusas blancas y holgadas que normalmente descansan los domingos. Vimos viejitas, mujeres en sillas de ruedas, niñas con sus mamás, y jovencitas, muchas jovencitas, muchísimas, más o menos de la edad de mi hija, hartas del acoso, cada una con su historia de abuso particular.

Vimos muchos carteles, algunos ingeniosos: “Ya hicieron encabronar a mi mamá”; “Deja de violentar a las mujeres o te pego con mi guitarra”, con la imagen de Juan Carlos Bodoque, el conejito rojo de 31 minutos; “Todo el maldito sistema está mal”, con la imagen de Lisa Simpson; “De camino a casa quiero ser libre, no valiente”; “El MP me dijo: te falta más sangre”; “No es no”; “Pelea como niña” y fotos, muchas fotos de mujeres que no lograron llegar a este día porque alguien las mató. 



Fuimos 300 mil, cada una con una historia, 300 mil historias de abusos. Las fuentes de Reforma y avenida Juárez estaban rojas, teñidas representando sangre. Vimos un grupo que llevaba tambores y bailaba, reían, la violencia no nos ha quitado la alegría todavía, me recordaron a las mujeres de la última película de Mad Max. Llegamos al Hemiciclo a Juárez, cercado por láminas. Bellas Artes, cercado por láminas, la calle Madero, el principal acceso al Zócalo, cercado por láminas, algo que jamás se había hecho en ninguna marcha en la historia de las marchas de la CDMX. Estatuas y monumentos cercados por láminas y policías mujeres, con sus escudos de granaderas. Llegaron las radicales, encapuchadas, y les pintaban el escudo. Otras rompían los vidrios de los puestos de periódicos con tubos con clavos. Alguien aventó petardos, volteé hacia arriba y en una azotea dos hombres veían, uno grababa, otro coordinaba algo por radio. Dirigían a las infiltradas, pensé, las encapuchadas que estaba viendo partirles su madre a las policías mujeres. 

Nos alejamos a la Alameda, que está enfrente. De pronto, un montón de mujeres llegaron corriendo, les estaban aventando gas lacrimógeno. Vi a muchachas ayudarle a las viejitas a alejarse del desmadre de los gases, mientras otras trataban de quitar las láminas de las estatuas de Bellas Artes, lo lograron, y entonces llegaron los policías hombres. Decidimos irnos.

Tomamos el metro de regreso, otra vez lleno de mujeres que también volvían… “Volvían, volvieron”, qué palabras tan bendecidas. Una chica contestó el teléfono: “sí mami, ya vamos de regreso, vamos en el metro, sí todo salió bien, no, nos metimos al zócalo, no, nadie nos golpeó”. Yo avisé a mi mamá y mis hermanas que también íbamos de regreso y que todo estaba bien. ¿Pero en realidad todo estaba bien? ¿Ya no sufriremos más acoso, ya ningún turboloco va a matar a su ex pareja porque no soporta que lo haya dejado, ya no van a secuestrar a más niñas y chavitas para explotarlas sexualmente en los burdeles de las carreteras? No lo sé, pero por primera vez en 12 años, hubo un día en que no sentí miedo.





















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