La oveja feminista de la familia


Por Faby G. Ontiveros

Constantemente hay eventos o situaciones en la vida que le permiten a uno aclarar la mente respecto a un tema en específico, o darse cuenta (valga la redundancia) con quién cuenta uno y con quién no en una situación específica.
Este 8 y 9 de marzo me pasó. La situación fue el movimiento de las mujeres en contra de la violencia, por supuesto.

La marcha se hace cada año pero este 2020 la forma de violencia ha sido tal que es imposible no estar enfurecido como humano, ni se diga como mujer. Vi cómo poco a poco el “Un día sin mujeres” fue cobrando vida y me encontré emocionada, porque igual que mucha gente, la primera reacción fue pensar ¿y para qué sirve?, pero conforme me fui empapando de información me convencí de participar. Todas las mujeres que conozco alguna vez tuvieron que soportar acoso, ofensas o violencia desde el nivel más leve hasta el más extremo y quedarse calladas, y este 9 de marzo tendríamos la oportunidad de que nuestro silencio sirviera a un propósito mucho más grande.

Ojalá me hubiera sentido apoyada por los hombres de mi vida: mi hermano, mi padre, mi novio. Pero mi hermano me ignora, mi padre me juzga y mi novio se limita a ser condescendiente. Me pone el alma triste.

Mi pareja dice que mi lucha contra el acoso es legítima, pero contra los feminicidios no, porque matan a más hombres. De esto se ha hablado hasta el cansancio, y la única conclusión a la que llego es que no me ha pasado a mí ni a ninguna de sus seres queridas, y cuando no la sientes cerca, realmente no la sientes.

Mi padre jamás me tocó un pelo para lastimarme físicamente, me trató infinitamente mejor de lo que lo trataron a él en su infancia y me educó libre para pensar, para decidir y para hablar, pero le he escuchado decir “ah pero qué tenía que hacer vestida así a las 3 de la mañana” al saber en las noticias de una nueva desaparecida. Me temo que si un día desaparezco y no pueden atribuirlo a la hora, la ropa o el lugar, terminarán atribuyéndolo a mi apoyo al feminismo.

Para mi hermano la violencia de género no existe y el acoso que sus hermanas sufrieron por uno de sus amigos no existe. Ojalá que algún día salga de su burbuja por el bien de sus hijas.

Hicimos un ejercicio con mis amigos, 3 hombres y 3 mujeres, de cuántas veces nos habían atacado sexualmente de alguna manera a cada uno. Mis amigas tenían una lista, mis amigos entre los 3 en sus 28/29 años juntaban 3 o 4 gritos obscenos en la calle y un agarrón en los genitales en el transporte público. Nos alegaban que ellos también sufrían acoso, dándonos a entender que sólo nos escandalizábamos si les pasaba a las mujeres. Por supuesto que no, evidentemente es muchísimo más común hacia las mujeres, pero no por eso me parece bien o me da risa que les pase a los hombres. No son ellas contra ellos. Siendo feminista no quiero ser superior a los hombres, quiero salir a la calle sin miedo, de la misma manera que quiero que si una mujer te agarra los testículos en un camión lleno, te enojes y la enfrentes y trates la situación como lo que es: una agresión sexual. Y quiero que no se rían de ti de la misma manera que yo deseo que me crean cuando sufro una agresión, una nalgada en la calle, una masturbación enfrente de ti, cosas que aunque se supone que sí, la realidad es que una denuncia de este tipo ni siquiera alcanza a ser plasmada en papel antes de que medio ministerio público se ría de ti y te llame exagerada.

Y a pesar de toda la información que he consumido, nunca había comprendido tan profundamente el término de revictimización hasta que publicamos el video del paro en las redes de 7 días. Les contamos un 0.1% de lo que experimentamos siendo mujeres periodistas, los insultos que recibimos a diario que no tienen nada que ver con nuestro trabajo y todo con atacar alguna parte de nuestra feminidad y el acoso que sufrimos en las calles y ustedes sólo pueden decir "uy, pues pobrecitas" "¿qué esperaban, aplausos?" "cuando tengan 45 van a extrañar que les griten en la calle" "si no los graban no les creo". Me dejan anodada, deveras, los invito con una carcajada que me recorre todo el cuerpo a irse a la rechingada. A lo largo de la vida me ha tocado coincidir con gente muy, muy limitada, que nomás no les sube agua al tinaco, pues. Y siempre me pregunto ¿cómo le harán para seguir vivos siendo tan pendejos? ¿Sí saben? De esa gente que nomás le falta babear. Ah, pues ahí tienen a los autores de esos comentarios, que con tantita suerte me leen para que puedan contestarme esa pregunta que por tantos años me he hecho.

Sabemos que hubieran preferido que los tipos que nos acorralaron hubieran logrado agredirnos para medio legitimizar nuestra denuncia y aún así quién sabe, porque como ese caso en específico no pasó a mayores, entonces somos unas exageradas lloronas que nunca han sufrido de verdad y se quejan por unos grititos.

No cariño, nunca me han hecho falta las nacadas que me gritan en la calle desde los 13 ni las voy a extrañar a los 45, si Dios me presta vida. Y que otras mujeres lo hayan tenido peor no hace mi lucha menos importante, porque es la misma lucha de todas, fíjense. Porque todas estamos hartas del nivel de violencia que hemos experimentado desde nuestra trinchera. 

Ya les dije, no se confundan, no son mujeres contra hombres. A mí hombres, mujeres y aves me caen bien, la gente pendeja es la que me cae mal y además me dan poquita lástima, pero nunca es demasiado tarde para rectificar y desaprender esas conductas tóxicas. Yo deseo de todo corazón que algún día lo puedan entender de buena manera como si les pegara el vientito de la rosa de Guadalupe, no quiero que jamás lo tengan que aprender a la mala porque sus mamás, sus hermanas, sus esposas o sus hijas un día simplemente ya no llegaron a su casa porque a un machito se le puso que podía hacer lo que le diera la gana con el cuerpo y la vida de tu ser querida. 

Apenas este jueves una de mis amigas más queridas me etiquetó en una publicación que decía: 

“Si eres la oveja feminista de la familia, solo recuerda que eres el sueño de libertad de todas tus ancestras”.

En esos momentos recordé a mi mamá, que recibió tranquizas en su infancia de parte de su propio hermano al negarse a plancharle una camisa. Recordé cómo todos los días reza para que su hija y su nieta vuelvan a casa con bien viviendo en la Ciudad de México.

Recordé a mi abuelita, que con toda la ilusión del mundo se casó y a la primer borrachera de su marido la puso como palo de gallinero. Que fueron contadas las golpizas porque rapidísimo aprendió que si su marido no llegaba y se había quedado en la cantina, lo mejor era ir corriendo a esconderse en casa de su vecina hasta el día siguiente.

Recordé las historias de mi bisabuelo, que jugando a las cartas, su contrincante apostó a su mujer y la perdió, y ahí la tenía mi bisabuelo, corriendo a su propia esposa para meter a su casa esposas de otros señores igual de cabrones que él.

Recordé una historia que mi abuela le contó a mi madre, de cómo en el pueblo un señor arrastró de los pelos a su mujer por media plaza y nadie la ayudó. Que luego la señora fue a decirle al cura que ya no quería seguir con su marido, y éste le contestó que se aguantara, que esa era su cruz. Poco después el señor la mató.

Viéndolo así claro que la tengo fácil, pero el sufrimiento de ellas y de todas las mujeres que nos han llevado hasta aquí es por lo que poco a poco se han hecho cambios, y aunque todavía no estamos donde queremos estar, sé que algún día va a cambiar el panorama para nuestras hijas, no enseñándolas a defenderse sino educando a nuestros hijos, porque al macho también lo educa su mamá, estoy perfectamente consciente de ello.

Y por ellas, por ellos, por todos… Soy la oveja feminista de la familia.

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