La fe en Jesús es la salvación del pecador


Reflexiones amorosas

…“Acercáronse y lo despertaron diciendo:
Señor, sálvanos, que nos perdemos”: (Mt 8, 25)

Por Antonio Fernández

De preguntar a las almas de hoy sí la fe es necesaria para la salvación del pecador, no sabrían que contestar, serían sus palabras absurdas, necias e ilógicas.

¿Cuál es el motivo de Dios Nuestro Señor, para haberse desprendido en la gloria eterna de su amado Hijo, para vestir las imperfecciones de los seres humanos? Uno solo: el amor por las almas a las que clama: ¡Hijo mío, ayúdate que yo te ayudaré!

El incrédulo se encoge de hombros juzgando los bienes de Dios, su crítica es desfavorable, dice el refrán “No se le pueden pedir peras al olmo”. El paso de Jesucristo Nuestro Señor por el mundo fue, es y será su palabra, su deseo es que las almas perseveren hasta el final de su vida en Él, quiere ser insistente y por qué no decirlo su deseo es divinamente obstinado en que las almas permanezcan en su amor arraigados por la fe.

San Pablo define con claridad: “Y Cristo por la fe habite en vuestros corazones”, a fin de que, arraigados y cimentados en el amor, la gracia nos permite valorar, se nos pide lo que todos podemos hacer y nadie puede negarse, nada distrae a Nuestro Señor en su propósito, suceda lo que suceda y sean como sean los males del pecador o los pecados cometidos, nada lo distrae porque Él va a lo suyo que es la salvación del alma, a Dios no interesan las minucias del mundo, las deja de lado, su atención está cuando surge del corazón pecador el arrepentimiento sincero, luchemos por entenderlo en el propósito de obtener la salvación, no de una sola alma sino de todas y que quede claro, cada una tiene para Él un valor trascendente al rogar al Padre: ”Yo he manifestado tu Nombre a los hombres que me diste del mundo. Eran tuyos, y Tú me los diste, y ellos han conservado tu palabra”. Así es esta realidad, pero esos que han conservado la palabra de Dios a través de los siglos son pocos, a pesar de que todo ser humano que habita el planeta tierra conoce el nombre de Dios Nuestro Señor, aferrado el incrédulo dirá: ¡No creo! Es su problema creer, quien como este piensa debieran esforzarse a entender y comprender que Dios es todo y por sobre todo, nosotros los seres humanos somos débiles con muchos prejuicios, nos distraemos con cosas efímeras y se va tras ellas en esta vida transitoria caminando perdido, porque la fe en Jesús salva al pecador de la tentación.

Cristo Nuestro Señor se encuentra en la orilla occidental del lago de Genesaret, después de un día con excesiva actividad de predicar las parábolas, discutir con escribas y fariseos, curar enfermos, predicar en demasía a las turbas que no lo dejan de seguir, atraídos por su enseñanza que quisieran escuchar más de Él, pero el Señor tiene preparado lo que podemos decir una Cátedra de fe a sus discípulos y para la posteridad de los siglos, y deja las turbas que le rodean en la orilla del lago. Sin esperarlo, sus discípulos escuchan del Señor el propósito de pasar a la parte opuesta del lago, reza el evangelista: “Cuando subió después a la barca, sus discípulos lo acompañaron”. La muchedumbre se vio desconsolada al abordar el Señor la barca dejándolos en la orilla, y un tanto reconocidos se muestran a la gente no en forma apropiada. De ello expone San Juan Crisóstomo “Lo Quiso Jesús por dos motivos, para que no se amedrentaran (los discípulos) de sí los honores. Permitió que estuvieran a punto de naufragar, a fin de que no se ensoberbecieran de haberlos tomado consigo Jesús al dejar a los demás”. Así como el Señor obró con sus discípulos para alejar de sus corazones la falsedad de su actitud con relación a la turba que se quedó a la orilla, así también con nosotros, cuando esas caídas nos hacen reflexionar el mal proceder y viene en un profundo silencio el arrepentimiento y el propósito de no volver a hacer lo que no se debió.

Adentrados en el lago, vino la cátedra de la firmeza en la fe. Como son las acciones de la naturaleza, sucede una tempestad, en un instante de calma y tranquilidad, se pasó a la convulsión, reza el Evangelio: “Y de pronto el mar se puso muy agitado, al punto que las olas llegaban a cubrir la barca, Él, en tanto, dormía”. Vinieron vientos de inusitada fuerza, tanto que la barquilla era una nada llevada de una ola a otra, hundiéndola y sacándola a flote con movimientos convulsivos, pero no se hundía, en medio de este vigor tempestuoso causado por el poder de Dios, de lo que comprendemos: ”Saca de los vientos sus tesoros” “A grandes males, grandes remedios”  Aquí la enseñanza del Señor es que si hizo una fortísima tempestad fue para hacer una gran obra, por ello hay que aprender de San Agustín: “Ha preferido Dios sacar bienes de los males, a que no hubiese males en el mundo”. Dice el evangelio: “En tanto dormía”. Aquí es dejar claro, Dios Nuestro Señor no es como el ser humano que necesita descansar para continuar, en la creación nos enseñó a tomar el descanso después del trabajo. Jesucristo, Dios hecho hombre dormía sabiendo lo que sucedía en los discípulos agitados, sabe que no pueden controlar la barca y sienten el temor de que se hundiera con su Señor, ve a fondo que su falta de fe en ese momento no les permitió reaccionar de que estando el Señor con ellos nunca se hundiría la barca, porque en ella va el Hijo de Dios, así pasa cuando agitados se lucha por salir del problema, la falta de fe no ilumina para deducir que quien está a nuestra lado es el Señor esperando nos acordemos de Él.

Asustados los discípulos de no poder salir de la tempestad, donde sus conocimientos y experiencias para dominar la barca en nada han dado resultado, sentían estar a punto del naufragio, pero la conciencia en cada uno obró la poca fe que hasta ese momento era poca todavía, aun así les hizo ver que la salvación no está en ellos, sin en su Señor que dormía en la popa de la barca, fue cuando acercándose agitados a Él, dice el Evangelista: “Acercáronse y lo despertaron diciendo: Señor, sálvanos, que nos perdemos” El obispo de Hipona clarifica este versículo: “Has oído una afrenta, he ahí el viento, te airaste, he ahí el oleaje, si sopla el viento y se encrespa el oleaje, se halla en peligro la nave, fluctúa tu corazón. Oída la afrenta, deseas vengarte. Pero advierte que te vengaste y claudicando ante el mal ajeno naufragaste. Pero ¿cuál es la causa de ello?, que Cristo duerme en ti. ¿Qué significa: duerme en ti Cristo? Te olvidaste de Cristo. Despierta a Cristo pues; acuérdate de Cristo, esté Cristo despierto en ti: piensa en él”.

El Señor en muchas ocasiones por nuestros actos soberbios, de vanidad y ostentación se aleja de nosotros, conscientes de lo que hicimos entendemos que Dios se alejó de mí porque soy culpable, es bueno tener conocimiento del error, en apariencia el Señor se separa de nosotros para que sintamos en el corazón su lejanía, nuestra miseria y reconocer que sin Él nada somos, saludable reflexión, en los momentos aciagos retornarlo a nuestro lado y vendrá en auxilio del alma. 

El Señor en el acto se pone de pie, ilustra Orígenes, “Es natural que quien es grande haga cosas grandes; por ello quien antes había magníficamente conturbado el mar profundo, ahora manda de nuevo se haga maravilla la bonanza, los discípulos aterrados se alegraran”… “Él les dijo: ¿Por qué tenéis miedo, desconfiados? ¡Hombres de poca fe! Entonces se levantó e increpó a los vientos y al mar, y se hizo una gran calma”. La tempestad y la bonanza obedecieron a la voz de Dios y en el acto quedan las aguas del lago como un espejo, como si nunca hubiera sucedido nada, vuelve el Señor a sus discípulos y los reprende en tal forma que a no dudar reaccionaron y entendieron la enseñanza en el sentido de acrecentar la fe que pide su Maestro, de lo que es de suponer que el Espíritu Santo les hizo ver lo que Jesucristo Nuestro Señor pide de ellos, como así lo pide al cristiano católico para bien de su salvación.

San Agustín ilustra a los tiempos: “Le escucha el mar, amaina el viento ¿y tú soplas? ¿Qué? Hablo, actúo, simulo: ¿qué es esto sino soplar y no querer ceder ante la orden de Cristo? No os venza el oleaje cuando se perturbe vuestro corazón. Pero, puesto que somos hombres, si el viento nos empuja, si nos mueve el afecto de nuestra alma, no perdamos la esperanza; despertemos a Cristo para navegar en la bonanza y llegar a la patria. Vueltos al Señor… apreciamos el deseo de Nuestro Señor: “Y los hombres se maravillaban y decían: ¿Quién es Éste, que aun a los vientos y el mar le obedecen?” Quedó en ellos entendido, la fe en Jesús es la salvación del pecador. 
hefelira@yahoo.com

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